La utopía de estudiar danza en Colombia

Por: Henya Godoy*

‘‘Yo no creería más que en un Dios que supiese bailar’’

-Friedrich Nietzsche.

Imagen cortesía Jean Sebastian Castillo**, artista plástico y visual de la Universidad ASAB, Bogotá

Para dar inicio a este artículo un poco crítico, un poco analítico y sobre todo subversivo, es apropiado iniciar citando al filósofo autor de la frase introductoria, Friedrich Nietzsche, como referente a la temática que se quiere trabajar: la danza en ámbitos académicos teóricos, ya que este personaje, bien conocido por sus trabajos intelectuales de gran influencia para el pensamiento del siglo XX, e inclusive del siglo actual, era un gran aficionado a este arte y siempre lo resaltaba como un complemento esencial a la vida misma. Ahora bien, esto nos lleva a pensar en el hecho de que si una persona con un bagaje intelectual de grandes proporciones le daba el lugar y el respeto a la danza que esta requería no como un puro medio de divertimento sino como un lugar en el que el ser puede hallar su yo político y tecnológico para convivir en la sociedad, me surge el cuestionamiento del por qué en las universidades de nuestro país la carrera de danza, tanto licenciatura como la titulación de bailarín profesional, tiene una oferta tan baja, ¿será acaso por  la dicotomía existente y prejuiciosa entre mente – cuerpo que se enfrenta la definición de lo que es un bailarín? y, si es así, ¿cuáles son los motivos detrás de estas etiquetas y carencia de espacios académicos teóricos para la danza?

Continuamente, para intentar dar una mediana respuesta a estas preguntas planteadas, es necesario generar un análisis de la sociedad en la que vivimos y el cómo esto influye en aquello que debe ser considerado ‘‘importante’’ y aquello que no. En primera instancia, debemos analizar el tipo de economía que tenemos, la cual se basa en unos dogmas pseudoreligiosos y poco filantrópicos, en donde la economía no existe para el hombre, sino que por el contrario, el hombre es un cuerpo mecánico, cuya existencia se debe dedicar a la producción en masa y copiada de productos, y por consiguiente no hay cabida para la diversidad, ni la divergencia; además que el trabajo mental tiene un valor notorio, y lo corpóreo se enfoca más como una analogía a la  fuerza bruta y por lo tanto, su valor nunca será tan alto. De este modo, nuestro país, un lugar en el cual el sistema de producción principal es el capitalismo, y doctrinas como el neoliberalismo nos han ido formando como lo diría Chomsky; ‘’no como ciudadanos críticos, y participativos sino como consumidores, dando lugar a la manipulación mediática para mantener el poder corporativo dominante’’. Un ejemplo, de esto lo vivimos desde temprana edad, en donde se nos brinda una educación homóloga y tradicionalista, en la cual el arte recibe 2 horas a la semana para ser enseñada en un salón de clases, o como una materia extracurricular, es decir, como un simple complemento a lo ‘‘importante’’: las ciencias sociales y exactas, las cuales como proyecto a futura implican el siguiente ciclo: empezar a estudiar profesionalmente a los 17 años, graduarse a los 21 años, trabajar hasta los 45 años, mientras se compran cosas ‘‘útiles y necesarias’’, formar una familia y que los hijos de esa unión marital, continúen el mismo molde vida preestablecido que se acompaña no únicamente de una ritualidad de acciones, sino también de características estéticas  y morales. Consecuentemente, crecemos pensando que carreras tales como ser pintor, bailarín/a ó músico, no son carreras de las cuales podremos vivir porque el hambre en algún momento tocará nuestra puerta.

Es de esta forma, como vamos comprendiendo el cómo aquello que normalizamos en nuestro diario vivir, y nos es inculcado durante toda nuestra vida, no son más que estrategias implementadas por el poder para tener un control de las élites sobre el pueblo que lo compone; no puede ser en vano el hecho de que en todo nuestro proceso escolar, nos sentamos en unas sillas frías e incómodas por horas a escuchar a una persona hablarnos de un tema que puede sea relevante o no, en el que en una o dos ocasiones se da la oportunidad de dar lugar a la curiosidad y creatividad, en las que el silencio es el mayor de los propósitos y no la controversia bien fundamentada, en donde repetir se vuelve metodología y el cuestionamiento ornamento, y en donde el único momento en el que realmente sentimos libertad y disfrute es en el descanso, en donde podemos salir y movernos libremente en el espacio, donde podemos hablar con el tono de voz que nos plazca y sobre todo, podemos ser nosotros mismos, sin necesidad de pertenecer a algo; paralelamente, las 7 inteligencias propuestas por Garner, quedan relegadas únicamente a lo mental mientras que  lo corporal está siendo constantemente reprimido. Así, somos testigos de cómo hay un temor por parte de los entes que controlan y dirigen la educación, y recurren a la estrategia de poder planteada por Foucault:  vigilar y castigar, en donde aquel individuo que sea medianamente diferente a los moldes y paradigmas establecidos debe ser rechazado y relegado por los demás, para que de esta forma sienta la presión de que lo diferente no es bien aceptado y debe ser modificado.

Por otro lado, después de graduarnos de un sistema educativo homologador y un tanto represivo de la escuela, ingresamos a un mundo completo de posibilidades y diferencias: la Universidad. Ahora bien, lo paradójico del hecho es que a pesar de esta concepción vemos que aquello que criticamos de la escuela, de cierta forma se reproduce en la Universidad. Nos venden la idea de que en este lugar podremos estudiar aquello que siempre hemos querido, ser lo que queramos ser, pero entonces qué sucede si aquello que siempre hemos querido ser, no es ser doctores, ingenieros o licenciados en alguna ciencia, qué sucede si queremos ser artistas, bailarines, entonces todo este ideal utópico y casi convincente de la Universidad como un espacio para todos y todas, queda cancelado; y es así como la danza, debe continuar abriéndose camino dentro de los espacios no formales, porque en los espacios teóricos, no tiene cabida, no hay lugar para mente y cuerpo como dualidad sino como dicotomía. Por lo tanto, continuamos siendo partícipes de una educación cómoda, en donde lo subversivo no existe, la expresión de aquello con lo que estamos inconformes queda para momentos específicos, la libertad que implicaría tener una  pedagogía corporal, en donde entendamos que nuestras emociones nos rigen y se reflejan en nuestro caminar, en nuestro ser, en nuestro vivir, en nuestro cuerpo, es solo un ideal lejano de alcanzar, y que la única forma de  comprobación que existe, continúe siendo puramente escrita  en vez de permitir que nuestro cuerpo  funcione como herramienta de cuestionamiento y conclusión.

Además, hay que recordar que a fin de cuentas las universidades son un aparato productor del Estado, las cuales en su mayoría están bajo un privatización y no pueden permitir ‘’ciertas’’ ideas ya que esto implicaría un divergencia, concepto que nunca será bien recibido en la sociedad si existe un poder jerárquico; esto, nos lleva a entender que desde pequeños se nos siembra la idea de que la danza, es un campo de puro divertimento, cuyas ganancias económicas no van más allá del aplauso y aquel que decidió estudiarla es porque la ‘’inteligencia’’ no le dio para más, cuando la realidad, como me compartía mi compañero de licenciatura en danza, Kevin Rosas es que: ‘‘el cuerpo, a través del arte del movimiento permite que las personas tengan la capacidad de ser escuchadas inclusive  con un alcance mayor del que podría tener de un periódico o noticiero, porque nuestro mensaje puede y moviliza masas’’  Por consiguiente, si las personas fueran conscientes plenamente de aquello que pueden lograr si empiezan a utilizar su cuerpo más allá de unos movimientos puramente mecánicos e involuntarios para sobrevivir, y comprendieran que para una revolución y un cambio es necesario cambiar nuestra perspectiva y observarnos no como una mente que piensa, sino como un cuerpo pensante, crítico y creativo, se podría ir en contra de aquello que según los dogmas que nos inculcan debe ser considerado ‘‘correcto’’ e ‘‘importante’’‘, y podríamos ver el mundo desde nuestra individualidad, pero siempre teniendo en cuenta la colectividad para subsistir bajo el respeto al cuerpo propio y del otro. 

En conclusión, esto implica que el hecho de que la oferta de carreras profesionales o licenciaturas en danza en Colombia sea tan baja, y no se encuentre dentro de las consideradas las dos mejores universidades de Colombia, en un sentido tanto público como privado, es porque como ciudadanos no hemos entendiendo que somos seres cuyo desarrollo en la sociedad es gracias al cuerpo que habitamos y al espacio que ocupamos y construimos con y en este, así mismo  tampoco le hemos dado la importancia a la diversidad y divergencia mental existente en cada individuo y que se representa a través de lo corporal. No podemos seguir permitiendo que la dicotomía y etiqueta que nos persigue a los bailarines de ser vistos desde una perspectiva puramente estética y nunca desde una importancia como individuos vitales para la construcción de sociedad que queremos tener, continúe; nuestro deber como bailarines y futuros pedagogos es invitar a pensar, cuestionar y vivir no solamente desde el pensamiento, sino también desde y con el movimiento.


*Henya Godoy. Estudiante de Licenciatura en Danza, cursando actualmente III semestre en la Universidad del Valle, quien un día tomó la decisión de abandonar el frío de su amada Bogotá, y cambiarlo por un poco de calor, salsa y cholado. En esta ciudad, encontré a la familia que siempre quise y la tranquilidad que siempre busqué, así como la seguridad de querer dedicar mi vida a la danza, la investigación y la enseñanza.
**Jean Sebastian Castillo, artista plástico y visual de la Universidad ASAB, Bogotá; quien desde su mayor cualidad: la valentía, decidió estudiar artes en Colombia y a través de sus ilustraciones representar aquellos conflictos emocionales e  intrapsíquicos que nos abruman en nuestro diario vivir.
Por: Henya Godoy*

‘‘Yo no creería más que en un Dios que supiese bailar’’

-Friedrich Nietzsche.

Imagen cortesía Jean Sebastian Castillo**, artista plástico y visual de la Universidad ASAB, Bogotá

Para dar inicio a este artículo un poco crítico, un poco analítico y sobre todo subversivo, es apropiado iniciar citando al filósofo autor de la frase introductoria, Friedrich Nietzsche, como referente a la temática que se quiere trabajar: la danza en ámbitos académicos teóricos, ya que este personaje, bien conocido por sus trabajos intelectuales de gran influencia para el pensamiento del siglo XX, e inclusive del siglo actual, era un gran aficionado a este arte y siempre lo resaltaba como un complemento esencial a la vida misma. Ahora bien, esto nos lleva a pensar en el hecho de que si una persona con un bagaje intelectual de grandes proporciones le daba el lugar y el respeto a la danza que esta requería no como un puro medio de divertimento sino como un lugar en el que el ser puede hallar su yo político y tecnológico para convivir en la sociedad, me surge el cuestionamiento del por qué en las universidades de nuestro país la carrera de danza, tanto licenciatura como la titulación de bailarín profesional, tiene una oferta tan baja, ¿será acaso por  la dicotomía existente y prejuiciosa entre mente – cuerpo que se enfrenta la definición de lo que es un bailarín? y, si es así, ¿cuáles son los motivos detrás de estas etiquetas y carencia de espacios académicos teóricos para la danza?

Continuamente, para intentar dar una mediana respuesta a estas preguntas planteadas, es necesario generar un análisis de la sociedad en la que vivimos y el cómo esto influye en aquello que debe ser considerado ‘‘importante’’ y aquello que no. En primera instancia, debemos analizar el tipo de economía que tenemos, la cual se basa en unos dogmas pseudoreligiosos y poco filantrópicos, en donde la economía no existe para el hombre, sino que por el contrario, el hombre es un cuerpo mecánico, cuya existencia se debe dedicar a la producción en masa y copiada de productos, y por consiguiente no hay cabida para la diversidad, ni la divergencia; además que el trabajo mental tiene un valor notorio, y lo corpóreo se enfoca más como una analogía a la  fuerza bruta y por lo tanto, su valor nunca será tan alto. De este modo, nuestro país, un lugar en el cual el sistema de producción principal es el capitalismo, y doctrinas como el neoliberalismo nos han ido formando como lo diría Chomsky; ‘’no como ciudadanos críticos, y participativos sino como consumidores, dando lugar a la manipulación mediática para mantener el poder corporativo dominante’’. Un ejemplo, de esto lo vivimos desde temprana edad, en donde se nos brinda una educación homóloga y tradicionalista, en la cual el arte recibe 2 horas a la semana para ser enseñada en un salón de clases, o como una materia extracurricular, es decir, como un simple complemento a lo ‘‘importante’’: las ciencias sociales y exactas, las cuales como proyecto a futura implican el siguiente ciclo: empezar a estudiar profesionalmente a los 17 años, graduarse a los 21 años, trabajar hasta los 45 años, mientras se compran cosas ‘‘útiles y necesarias’’, formar una familia y que los hijos de esa unión marital, continúen el mismo molde vida preestablecido que se acompaña no únicamente de una ritualidad de acciones, sino también de características estéticas  y morales. Consecuentemente, crecemos pensando que carreras tales como ser pintor, bailarín/a ó músico, no son carreras de las cuales podremos vivir porque el hambre en algún momento tocará nuestra puerta.

Es de esta forma, como vamos comprendiendo el cómo aquello que normalizamos en nuestro diario vivir, y nos es inculcado durante toda nuestra vida, no son más que estrategias implementadas por el poder para tener un control de las élites sobre el pueblo que lo compone; no puede ser en vano el hecho de que en todo nuestro proceso escolar, nos sentamos en unas sillas frías e incómodas por horas a escuchar a una persona hablarnos de un tema que puede sea relevante o no, en el que en una o dos ocasiones se da la oportunidad de dar lugar a la curiosidad y creatividad, en las que el silencio es el mayor de los propósitos y no la controversia bien fundamentada, en donde repetir se vuelve metodología y el cuestionamiento ornamento, y en donde el único momento en el que realmente sentimos libertad y disfrute es en el descanso, en donde podemos salir y movernos libremente en el espacio, donde podemos hablar con el tono de voz que nos plazca y sobre todo, podemos ser nosotros mismos, sin necesidad de pertenecer a algo; paralelamente, las 7 inteligencias propuestas por Garner, quedan relegadas únicamente a lo mental mientras que  lo corporal está siendo constantemente reprimido. Así, somos testigos de cómo hay un temor por parte de los entes que controlan y dirigen la educación, y recurren a la estrategia de poder planteada por Foucault:  vigilar y castigar, en donde aquel individuo que sea medianamente diferente a los moldes y paradigmas establecidos debe ser rechazado y relegado por los demás, para que de esta forma sienta la presión de que lo diferente no es bien aceptado y debe ser modificado.

Por otro lado, después de graduarnos de un sistema educativo homologador y un tanto represivo de la escuela, ingresamos a un mundo completo de posibilidades y diferencias: la Universidad. Ahora bien, lo paradójico del hecho es que a pesar de esta concepción vemos que aquello que criticamos de la escuela, de cierta forma se reproduce en la Universidad. Nos venden la idea de que en este lugar podremos estudiar aquello que siempre hemos querido, ser lo que queramos ser, pero entonces qué sucede si aquello que siempre hemos querido ser, no es ser doctores, ingenieros o licenciados en alguna ciencia, qué sucede si queremos ser artistas, bailarines, entonces todo este ideal utópico y casi convincente de la Universidad como un espacio para todos y todas, queda cancelado; y es así como la danza, debe continuar abriéndose camino dentro de los espacios no formales, porque en los espacios teóricos, no tiene cabida, no hay lugar para mente y cuerpo como dualidad sino como dicotomía. Por lo tanto, continuamos siendo partícipes de una educación cómoda, en donde lo subversivo no existe, la expresión de aquello con lo que estamos inconformes queda para momentos específicos, la libertad que implicaría tener una  pedagogía corporal, en donde entendamos que nuestras emociones nos rigen y se reflejan en nuestro caminar, en nuestro ser, en nuestro vivir, en nuestro cuerpo, es solo un ideal lejano de alcanzar, y que la única forma de  comprobación que existe, continúe siendo puramente escrita  en vez de permitir que nuestro cuerpo  funcione como herramienta de cuestionamiento y conclusión.

Además, hay que recordar que a fin de cuentas las universidades son un aparato productor del Estado, las cuales en su mayoría están bajo un privatización y no pueden permitir ‘’ciertas’’ ideas ya que esto implicaría un divergencia, concepto que nunca será bien recibido en la sociedad si existe un poder jerárquico; esto, nos lleva a entender que desde pequeños se nos siembra la idea de que la danza, es un campo de puro divertimento, cuyas ganancias económicas no van más allá del aplauso y aquel que decidió estudiarla es porque la ‘’inteligencia’’ no le dio para más, cuando la realidad, como me compartía mi compañero de licenciatura en danza, Kevin Rosas es que: ‘‘el cuerpo, a través del arte del movimiento permite que las personas tengan la capacidad de ser escuchadas inclusive  con un alcance mayor del que podría tener de un periódico o noticiero, porque nuestro mensaje puede y moviliza masas’’  Por consiguiente, si las personas fueran conscientes plenamente de aquello que pueden lograr si empiezan a utilizar su cuerpo más allá de unos movimientos puramente mecánicos e involuntarios para sobrevivir, y comprendieran que para una revolución y un cambio es necesario cambiar nuestra perspectiva y observarnos no como una mente que piensa, sino como un cuerpo pensante, crítico y creativo, se podría ir en contra de aquello que según los dogmas que nos inculcan debe ser considerado ‘‘correcto’’ e ‘‘importante’’‘, y podríamos ver el mundo desde nuestra individualidad, pero siempre teniendo en cuenta la colectividad para subsistir bajo el respeto al cuerpo propio y del otro. 

En conclusión, esto implica que el hecho de que la oferta de carreras profesionales o licenciaturas en danza en Colombia sea tan baja, y no se encuentre dentro de las consideradas las dos mejores universidades de Colombia, en un sentido tanto público como privado, es porque como ciudadanos no hemos entendiendo que somos seres cuyo desarrollo en la sociedad es gracias al cuerpo que habitamos y al espacio que ocupamos y construimos con y en este, así mismo  tampoco le hemos dado la importancia a la diversidad y divergencia mental existente en cada individuo y que se representa a través de lo corporal. No podemos seguir permitiendo que la dicotomía y etiqueta que nos persigue a los bailarines de ser vistos desde una perspectiva puramente estética y nunca desde una importancia como individuos vitales para la construcción de sociedad que queremos tener, continúe; nuestro deber como bailarines y futuros pedagogos es invitar a pensar, cuestionar y vivir no solamente desde el pensamiento, sino también desde y con el movimiento.


*Henya Godoy. Estudiante de Licenciatura en Danza, cursando actualmente III semestre en la Universidad del Valle, quien un día tomó la decisión de abandonar el frío de su amada Bogotá, y cambiarlo por un poco de calor, salsa y cholado. En esta ciudad, encontré a la familia que siempre quise y la tranquilidad que siempre busqué, así como la seguridad de querer dedicar mi vida a la danza, la investigación y la enseñanza.
**Jean Sebastian Castillo, artista plástico y visual de la Universidad ASAB, Bogotá; quien desde su mayor cualidad: la valentía, decidió estudiar artes en Colombia y a través de sus ilustraciones representar aquellos conflictos emocionales e  intrapsíquicos que nos abruman en nuestro diario vivir.

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Revista Paso al Paso, 2021. ISSN: 2711-4783 (En línea)

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