Pie de muñeca. Reflexiones sobre la imagen de una persona amputada

Por: Lina Loaiza Bran*

Existe una conexión entre lo que elegimos investigar y lo que nos constituye como personas, es decir, lo que nos hace ser lo que somos. No es gratuito que un tema en particular nos interesa de tal forma que pasemos un gran número de horas, dedicados a indagar sobre él. Si un asunto nos inquieta con tal fuerza es porque, de alguna forma, toca las fibras de nuestras más profundas emociones e intereses personales.

Debido a mi condición de antropóloga, la pregunta por la diferencia se ha hecho habitual en mí. Sin embargo, he comenzado a comprender que esta interrogación por lo “otro”, por lo diferente, no obedece a otra cosa que a una búsqueda de identificarse, de reafirmar nuestra identidad. Es así como decidí reflexionar en mi trabajo de grado, titulado Pie de muñeca. Relato de vida de una persona amputada, sobre mi propia condición de amputada, condición que me diferencia de las personas con quienes me relaciono y en esa medida me constituye en un “otro” para ellos, pero al mismo tiempo hace parte de mi propia identidad. En este trabajo abordo la relación entre la construcción de la autoimagen de un amputado y la mediación de su entorno socio afectivo, a partir del análisis de mi propia vivencia como amputada. Exploro lo que ha significado y las implicaciones que ha tenido para mí y para quienes han compartido mi historia de cerca, el hecho de ser una mujer amputada. Identifico las repercusiones más relevantes sobre la imagen corporal producto de la amputación, el impacto sobre la percepción de los otros hacia el amputado y la forma en que me veo a mí misma. También trato las complejas relaciones que se establecen entre mi propia visión y las de los otros. Este trabajo analiza el sentido más profundo de aceptar la propia condición de amputado, de reconocerme como amputada. En esta ponencia presento los principales resultados de esta investigación.

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En el trabajo de grado mencionado hice una apuesta por una práctica antropológica humanista, una antropología en la que se revalorice al ser humano concreto con toda su subjetividad, que narre las historias y vivencias de la gente, que muestre sus apreciaciones e interpretaciones sobre sus experiencias de vida y la forma creativa cómo responden a las diferentes situaciones que se les presentan. Fue así como recurrí a la utilización del relato de vida para el desarrollo de mi investigación, narrando mi propia experiencia en relación a la amputación, en el marco de lo que se ha denominado método biográfico (Pujadas, 1992) y autoetnografía (Esteban, 2004).

Utilicé la metodología denominada relatos biográficos cruzados, la cual consiste en “hacer converger los relatos de experiencias personales [de diferentes individuos del ámbito social del ego estudiado o que constituyen su entorno social inmediato] hacia un punto central de interés, hacia un tema común, del que todos los sujetos han sido a la vez protagonistas y observadores externos” (Pujadas, 1992: 56). Este procedimiento nos introduce en profundidad en el universo de las relaciones sociales primarias, al ser un perfecto medio de acercamiento a las relaciones familiares, hacia las pautas de formación y funcionamiento de las relaciones de sociabilidad.

En esta ponencia abordo la relación existente entre la construcción de mi autoimagen (imagen corporal) como amputada y la actuación que ha tenido mi entorno socio- afectivo en ésta. Me refiero aquí a una noción amplia de imagen corporal, en la que se conjuguen componentes perceptivos, cognitivos, emocionales y conductuales, y en la que se tenga presente el papel de los factores socio-culturales. Así, la noción que utilizo de imagen corporal incluye la forma en que percibimos nuestro cuerpo, la representación mental que nos hacemos de él, los pensamientos, creencias, valoraciones y sentimientos que nos formamos respecto a nuestro cuerpo, y las actitudes y comportamientos que se derivan de la forma en que experimentamos nuestro cuerpo, teniendo en cuenta que esta imagen está influenciada por lo que recibimos de nuestro medio, es decir, por nuestro entorno social y cultural, y, a la vez, que nuestra propia imagen influye en lo que las personas de nuestro entorno perciben de nosotros. Es importante también anotar que nuestra imagen se construye a partir de las experiencias que vamos obteniendo en cuanto a nuestro cuerpo.

Al reconocer aquí la permanente relación y retroalimentación entre la propia imagen de la persona y lo que las personas de su entorno perciben de ella, he optado por utilizar una concepción amplia del carácter reflexivo de la imagen, que no sólo tenga en cuenta la propia visión del individuo en cuestión sobre sí mismo, sino que atienda a la imagen que los demás se hacen de él. De esta forma, sigo la definición según la cual el carácter reflexivo se refiere a aquello que se refleja, es decir, a la imagen de algo o alguien vista en otra cosa. “La condición de reflexiva pues, otorga a la cosa la posibilidad de volver sobre sí misma para formar un conocimiento o consideración que admita el propio reconocimiento a partir de la imagen que retorna desde una superficie” (Arboleda, 2009: 88).

La primera observación que encontré referente a la imagen corporal de las personas amputadas, es el señalamiento de nuestra condición como personas “diferentes”, “anormales”, pues en los cánones socialmente reconocidos se considera que las personas deben tener su cuerpo “completo”. Así lo señala una de las personas entrevistadas en esta investigación: “Digamos que la percepción que tenemos del cuerpo es una cuestión muy global, y la ausencia de eso como que de una vez hace que la apariencia física del otro sea señalada” (Entrevista a ex novio J.D., 2008).

Esta percepción, en la que el “estar completo” es considerado como un atributo fundamental para tener una apariencia adecuada, o sea, acorde con los paradigmas establecidos, también aparece en otros testimonios recogidos: “nosotros estamos atados a una conciencia estética de que las cosas deben estar y todo debe estar completo y en su lugar, y pues el hecho de no tener alguna parte siempre afecta de alguna forma” (Entrevista a amigo J.E., 2008); “Pues, yo creo que ahí hay un ranking aquí de belleza, y es gente completa, pues no hay modelos o gente de otro tipo que aparecen como incompletos ¿sí?” (Entrevista a amigo G.A., 2008); “lo primero que uno llega cuando ve a una persona, a ver si está completa, desgraciadamente, o desgraciadamente no, igual cuando un niño nace, la mamá lo primero que hace, a ver cómo están los deditos, entonces es algo que desde pelado nos enseñan y algo que nosotros mismos practicamos” (Entrevista a amigo F.J., 2007).

Vemos así que se produce un impacto, un asombro o un extrañamiento en muchas personas al percibir la imagen de otro congénere al que le falta alguna parte de su cuerpo. Varios testimonios recogidos para esta investigación así lo manifiestan: “genera cierto impacto en las demás personas porque sí es raro ver a una persona que le falte un brazo, una pierna, un dedo, sí me parece genera un cambio pero no horrible, asqueroso es solamente un cambio y causa impacto, un impacto visual” (Entrevista a amiga I.P., 2008); “Lo primero es una cuestión como de rareza, porque uno dice bueno esa parte qué” (Entrevista a amigo J.E., 2008).

Existe una valoración diferente de las partes del cuerpo de las que puede carecer una persona amputada, lo que produce diferentes matices en las reacciones que se generan hacia los amputados. La sensación de impacto y extrañamiento parece incrementarse en la medida en que se incrementa la parte del cuerpo amputada. Causa mayor impresión la falta de las extremidades. También se producen valoraciones diferentes de acuerdo con la funcionalidad de la parte perdida, y con la relación que cotidianamente se establece con esta parte del cuerpo. Se considera además importante la notoriedad de la parte amputada, en el sentido en que se afecta en mayor o menor grado la apariencia física.

Los siguientes comentarios ejemplifican esta apreciación: “Los que tienen amputaciones más severas uno como que se impresiona un poco más” (Entrevista a ex novio J.D., 2008); “digamos una amputación doble, de las dos piernas, afecta totalmente, mucho porque ya la vas a ver en una silla de ruedas, y digamos uno a nivel sexual ver unas piernas es una cosa muy bonita cierto, digamos también los dos brazos, pues cuando ya son amputaciones dobles ya la cuestión es como más dura a comparación de una amputación sencilla, es por ese lado que es más tenaz”. (Entrevista a amigo J.E., 2008); “Me impresiona más las manos que los pies, eso sí tengo yo, porque me parece que las manos son como más necesarias” (Entrevista a amiga E.B., 2007); “perder unos dedos, perder una oreja, no tener una mano, bueno la mano es más compleja. Pero también depende, hay amputaciones que son mucho más graves, me parecen a mí. O sea, perder toda una extremidad es supremamente difícil” (Entrevista a ex novio J.D., 2008); “Sí, yo siento que hay diferencias muy grandes en las relaciones con el cuerpo, pues, precisamente en cómo se desarrolle la cotidianidad de cada uno y en eso creo que por ejemplo la mano, o el pie, o la pierna, o el brazo, crean diferentes cargas emocionales precisamente porque qué utiliza uno más, para qué… Yo no sé, yo creo que sí, de todas maneras uno no tiene las mismas relaciones con los pies que con las manos, yo no sé” (Entrevista a prima A.C., 2008).

En la imagen corporal de las personas amputadas son de gran importancia las prótesis. Estas son consideradas como una gran ayuda desde el punto de vista funcional, y como un elemento esencial para mejorar la apariencia física del amputado, reduciendo el impacto visual que produce en los demás. En las entrevistas realizadas para este trabajo, se encuentran reiteradamente alusiones al papel fundamental que las prótesis desempeñan en la imagen del amputado, aspecto al que se da igual o incluso mayor importancia que al puramente funcional: “yo creo que de pronto el motivo es un asunto estético ¿sí?, entonces yo digo ‘hay que usar la prótesis porque se ve feo, ver ahí el brazo amputado’” (Entrevista a amigo G.A., 2008); “asumo que debe dar cierta seguridad a la autoestima porque te ves completo, aunque se nota la diferencia entre una prótesis y el otro normal me parece que sí le da similitud a la apariencia, no daría un impacto visual tan grande, no sería un impacto la diferencia entre los miembros” (Entrevista a amiga I.P., 2008).

Si a mí me falta tal cosa entonces me tengo que poner algo porque entonces hay mismo voy a llamar la atención. Pero yo pienso que es más como por, como por la apariencia física. [] Por decir algo, una prótesis de mano, en cierta forma a veces que son de esas prótesis que se ven quietecitas, quietecitas, es una cosa más estética que por decir algo a ti, la pierna pues es para caminar. Pero mucha gente que se pone, para que un seno, sí, sí, qué, qué función tiene. Hay prótesis que son necesarias, pero hay cosas que son puramente estéticas (Entrevista a tía D.L., 2008).

Por un lado está la ayuda física porque supongo que es para eso, al menos en las piernas son hechas para apoyarte, y por el otro lado está la corporalidad y la imagen entonces habrá gente para las que debe ser tenaz por lo del síndrome del miembro faltante y supongo que esto ayudará a suplir estas cosas, además estamos acostumbrados a vernos con dos piernas, con dos brazos, con una cabeza y el tronco y cuando no está es una cosa rara entonces supongo que ayudará a que no sea tan fuerte el choque (Entrevista a amiga A.L., 2008).

Una prótesis le da a uno como una sensación de seguridad, porque está supliendo una deficiencia con eso y pueden ser tan buenas y tan bien hechas que las personas no se den cuenta. Entonces, pueden ser prótesis oculares que sean igualitas, pueden ser… yo conozco prótesis de nariz o de orejas, que le dan la sensación a la persona de tenerla, y que las hacen tan bien hechas que a la persona en la calle no se le nota ninguna deficiencia. Entonces, a mí me parecen indispensables en cualquier amputación, obviamente, hay unas que no existen, por ejemplo las de los deditos de las manos… no se puede, hay unas que son muy estéticas y otras que son muy funcionales. Lo ideal es que sean como las dos cosas, funcionales y estéticas (Entrevista a prima A.Z., 2008).

De igual forma lo declaró mi técnico protesista:

¿O sea que si considero que una prótesis es necesaria en un amputado? Sí. Así sea cosméticamente, así sea para que el paciente se vea con sus dos zapatos, su bluyín largo, o su pantaloneta, porque hay muchos que no, por ejemplo tú eres una persona que no sufres por la cosmesis, hay muchos pacientes que simplemente, así no puedan caminar porque tienen limitaciones muy muy avanzadas, vienen y me dicen: yo quiero que me haga una prótesis para sentarme en mi silla de ruedas y verme mis dos zapatos, que la gente no me esté preguntando “¿qué le pasó?”, me falta una pierna. Y mirá que es importante, así sea para que el paciente muestre ante la gente externa, pues, muestre sus dos zapatos y la gente pase desapercibida y no les esté como preguntando, que es lo que más angustia a la gente amputada, “¿qué le pasó?”, o que los vean así como tan faltantes de algún miembro.

[] Aquí en Colombia, y por lo menos aquí en Medellín, y sobre todo las mujeres, son aferradas, pues, a un terminado de una prótesis. La prótesis tiene que quedar lo más parecido posible a la otra pierna. Me parece que sí es importante que quede con una cosmesis debida porque nosotros somos gente que no tenemos la cultura de ver a una persona amputada con una prótesis y tenga un tubo ahí. Nos asombramos más que si la viéramos sin la prótesis. Muchas veces ve la gente por ahí un paciente con una prótesis que es un tubo, una rodilla, se usa una rodilla muy bonita y un pie allá y se queda uno mirando ese tubo, ese man cómo camina con ese tubo. Entonces, por lo regular, aquí en nuestro medio, es importante la cosmesis. Ver una prótesis bien fabricadita, bien hecha, porque nosotros somos así, de una forma de pensar muy distinta a los europeos y gringos. Entonces, en este momento es importante (Entrevista a técnico protesista C.G., 2008).

De esta forma, la prótesis debe ser lo más similar posible a la parte del cuerpo ausente, para que logre reducir efectivamente el impacto que la amputación causa en la imagen. Contrariamente, se encuentran apreciaciones negativas sobre las prótesis que dejan ver las partes mecánicas como tubos y ganchos: “Hay una prótesis que si me parece horrible. Es las que no tienen manos que utilizan un ganchito, me parece muy fuerte porque… Sí, me parece, o sea, tiene una, es una marca bastante fuerte. O sea, digamos que uno dice: bueno, pueden existir otro tipo de prótesis un poco más estéticas; porque visualmente es muy agresiva” (Entrevista a ex novio J.D., 2008).

A pesar del gran aporte que las prótesis pueden hacer a la apariencia física del amputado, el simple hecho de utilizarlas no garantiza automáticamente una autoimagen satisfactoria; es necesario que la persona trabaje en la aceptación y valoración de su cuerpo tal como es. Es importante crear un vínculo con la prótesis que vaya más allá de simplemente asumirla como una ayuda mecánica, apropiándose de ella como una parte más del cuerpo.

Cada experiencia en relación con la amputación es completamente particular y existe un gran número de factores que intervienen en esta vivencia y la hacen absolutamente compleja. La edad a la que se sufre la amputación es una de las eventualidades trascendentales en este proceso. Debido a que la imagen corporal no es algo fijo, sino que varía y se construye permanentemente a través de nuestras propias vivencias, no es lo mismo afrontar una amputación en diferentes momentos de la vida. Es común pensar que es “más fácil” para un niño asumir una amputación, pues su autoimagen aún no está muy definida.

En mi contexto socio-cultural, las mujeres estamos especialmente enfrentadas a convivir con una fuerte exigencia en torno a la apariencia física. Con frecuencia se considera que una mujer debe ceñirse a los modelos de belleza vigentes para poder alcanzar su plena “realización personal”, para lograr su éxito en una amplia variedad de campos. De esta forma, las mujeres tendemos a pensar que si no somos aceptadas por nuestra imagen, no seremos satisfactoriamente valoradas. Es así como la preocupación por la figura, por “estar bien”, por tener un cuerpo agradable, delgado y “bien trabajado”, se ha constituido en un imperativo para las mujeres en este medio. También se hacen cada vez más populares las intervenciones quirúrgicas y otros métodos para ayudar a alcanzar la belleza tan anhelada.

De acuerdo con este razonamiento, sería posible deducir que una amputación puede afectar más profundamente la imagen corporal femenina. Sin embargo, en esta investigación encontramos que esta afectación solo se hace especialmente evidente cuando la amputación compromete partes del cuerpo representativas de la feminidad, como los senos. Así se manifiesta en los siguientes testimonios: “Creo que la feminidad se impone porque es más algo interno de la mujer. Si hay alguna amputación que afecte considerablemente la feminidad, creo que es la pérdida de un seno” (Entrevista a hermano J.F., 2008).

Dependiendo de qué tipo de amputación sea cierto. Si son digamos, si hablamos como de la imagen del cuerpo y de la representación del cuerpo, obviamente las partes del cuerpo que comprometen más la identidad femenina, obviamente para mí marcarían mucho la feminidad de una mujer. Una cosa es que una mujer por ejemplo tenga una amputación de seno. [] De resto, me parece que cuando no comprometen como esos espacios del cuerpo que son simbólicos, no mella para nada pues como la imagen de feminidad que para mí puede proyectar alguien (Entrevista a ex novio J.D., 2008).

A pesar de la influencia que la amputación tiene sobre la imagen de la mujer, es posible establecer una relación de seguridad con el cuerpo y crear mecanismos que le permitan que su amputación no interfiera en forma negativa con su identidad femenina.

Así, las mujeres amputadas podemos seguir siendo consideradas atractivas, y nuestra feminidad puede ser reconocida en características como la vanidad, la preocupación por el cuidado y el arreglo del cuerpo y la forma de vestir, haciendo que la amputación pase a un segundo plano en nuestra valoración.

En torno a la imagen corporal de las personas amputadas existe una cierta curiosidad o preocupación hacia la vivencia de la sexualidad. Trataré este punto al referirme a la forma en que las personas amputadas se relacionan con otros de su entorno.

Las experiencias que afronta una persona en el transcurso de su vida constituyen los elementos a partir de los cuales se construye como sujeto, moldeando su forma de ser. De esta forma, la amputación es una eventualidad que determina trascendentalmente la personalidad de quien la vive, aportando ciertos rasgos particulares. Así, se considera que las personas amputadas tenemos una fortaleza especial para afrontar la vida.

Además, se hace mención a otras características como relacionadas con la amputación, como son el espíritu de lucha, el emprendimiento, la constancia y el apasionamiento por la vida.

En mi caso particular, me he esforzado por proyectar una imagen en la que la amputación no aparezca como un limitante en mi vida, lo que me ha llevado a empeñarme en la realización de actividades que me permiten demostrar, tanto a mí misma como a los otros, que puedo tener una realización personal satisfactoria. Pienso que mis niveles de exigencia hacia mí misma y el perfeccionismo que me caracterizan, se constituyen en mecanismos de autoaceptación y de sentir que los demás pueden valorarme satisfactoriamente.

En la imagen del amputado es muy importante su propia actitud, cómo este asume su condición, constituyéndose en agente activo de su propia imagen. La forma en que los demás lo perciben depende en gran medida de su propia proyección. Lo que se recibe de los demás influye en nuestra propia imagen, pero quiero enfatizar en la importancia que tiene el ser conscientes de nuestro propio papel en la construcción de ésta, pues cómo nos ven depende fundamentalmente de nuestra propia percepción.

También los aportes que recibimos de nuestro entorno social son fundamentales en la construcción de nuestra autoimagen. Así, son cruciales las opiniones y actitudes que el amputado percibe en las personas que están más cercanas a él. En este sentido, las primeras reacciones de las que se tiene conciencia y las que más pueden influir en el amputado, son las de sus propios familiares, al ser éstas las personas más allegadas a él y quienes comúnmente se encargan de acompañarlo en el momento mismo en que ocurre la eventualidad. Otros personajes cercanos al amputado llegan a influir en su imagen, como es el caso de los amigos y la pareja.

La posición y actitud que las personas más próximas al amputado asuman en el momento de la amputación y en el periodo posterior, mientras logra hacerse una imagen de sí mismo, se constituyen en un elemento fundamental para la propia percepción que el amputado tendrá de sí mismo, la forma en que se relacionará con su cuerpo y enfrentará su vida. Dependiendo de la forma en que estas personas reaccionen frente a este hecho, contribuirán a que el amputado decida seguir adelante con su vida, reconfigurar sus proyectos y sus ideales y luchar por ellos, o que al contrario se suma en una depresión. 

El papel que desempeñan sus padres es trascendental para el amputado. La actitud y la posición que estos personajes toman frente a esta eventualidad es determinante, pues muchas veces los padres sobreprotegen a sus hijos en estas situaciones, lo que podría llevarlos a ser demasiado dependientes y a tomar la posición de personas limitadas.

La estructura familiar se reconfigura a partir de una eventualidad como esta, afectando a todos sus integrantes y marcando inevitablemente sus vidas. La amputación no solo afecta a la persona que la sufre directamente, sino a todos los integrantes de su núcleo familiar, lo que hace que también ellos tengan que reconstruir su percepción de ellos mismos y de su entorno, y la forma en que afrontan sus vidas.

Otros personajes que influyen decisivamente en la construcción de la imagen del amputado, por su posición de cercanía, son sus amigos. La cotidianidad y la intimidad entre los amigos hacen que la amputación deje de ser un aspecto determinante en la relación, y que esta se fundamente en otras características por las cuales se valora a la persona. La amputación pasa a ser un rasgo más de la persona, que en ocasiones llega a olvidarse o a perder trascendencia.

Es posible que exista en la persona amputada una mayor preocupación y por esto un mayor esfuerzo por integrarse a su entorno social y sentirse de esta forma aceptada en él.

La pareja sentimental de la persona amputada también es fundamental en la construcción de la imagen de esta, debido a la intimidad que se establece con ella y a la importancia que adquiere en la satisfacción de la persona consigo misma. He encontrado muchas ideas sobre lo difícil que es para una persona amputada encontrar una pareja sentimental que la acepte. Sin embargo, yo misma he sentido que la cotidianidad y la intimidad implícitas en estas relaciones, hacen que la amputación deje de ser determinante, lo que hace que ésta no se constituya en una barrera. Así, al igual que con los amigos, la relación se fundamenta en otras características por las cuales se valora a la persona, haciendo que la amputación pase a ser un rasgo más al cual no se le da una especial trascendencia.

Un aspecto inquietante en torno a las relaciones de pareja que establece una persona amputada, es la vivencia de la sexualidad. Para mí ha sido algo muy natural vivir mi sexualidad siendo una persona amputada. Nunca había reparado mucho en este asunto y siempre he estado tranquila al respecto. No he llegado a sentir prevenciones frente a afrontar mi desnudez teniendo una pierna amputada e innumerables cicatrices por todo mi cuerpo. Pienso que el contacto en estas situaciones de gran intimidad, crea una confianza con el otro en que ya no importa evidenciar este tipo de detalles de la experiencia corporal. Cuando se está con una persona en la intimidad, se asume a esa persona tal cual es. Pienso que mi propia actitud en estas situaciones también ha influido en que mi amputación no se convierta en una barrera para vivirlas. He desarrollado una seguridad y confianza en mí misma que me permiten pensar que mi amputación no me hace dejar de ser atractiva. Mi amputación me parece una característica más de mi corporalidad y en ese sentido igual de relevante a cualquier otra. Pienso que es el conjunto de mi corporalidad, con todas sus particularidades y entre ellas la amputación, lo que le atrae a una persona que quiera estar conmigo.

Asimismo, he encontrado que existe un desconocimiento amplio sobre las posibilidades que un amputado tiene para llevar su vida e insertarse en su entorno social. Los amputados aparecemos en el imaginario de quienes no poseen esta condición como personas deprimidas, retraídas socialmente y con una gran cantidad de limitaciones para desenvolvernos en la vida diaria.

Sin embargo, entre estas imágenes negativas, en las que también aparece la idea de personas que se aprovechan de su condición y viven de la lástima, dedicándose incluso a la mendicidad, he visto que varias personas que se han relacionado directamente con una persona amputada, han cambiado esta visión de la amputación, llegando a valorar al amputado positivamente. Incluso he observado que a partir de conocer la experiencia de personas amputadas que llevan una vida satisfactoria, quienes no tienen esta condición reflexionan sobre la naturaleza de las “limitaciones”, concluyendo que las limitaciones son principalmente mentales, no físicas.

También encontré quienes consideran la amputación como una eventualidad que ayuda a potenciar las capacidades de la persona que la vive, entendiéndose la amputación como una oportunidad de vida, en lugar de considerarse como un suceso frustrante. En cuanto a la relación con su propio cuerpo y a las capacidades que un amputado puede desarrollar, la realización de actividades físicas y artísticas contribuye a la imagen del amputado y a su propia satisfacción, lo que se constituye como un espacio de auto-reconocimiento, de relación con su cuerpo, y en recurso de vinculación social.

La amputación puede ser vista como un estigma en el sentido en que Goffman lo define, como un atributo que hace diferente a una persona de las demás y la convierte en alguien menos apetecible, reduciéndola a un ser menospreciado e inficionado (2003: 12). Sin embargo, he visto que el estigma relacionado a la amputación no destaca la connotación desacreditadora mencionada por Goffman. Me refiero entonces al estigma, en relación con la amputación, en el sentido de la primera acepción definida por la Real Academia Española de la Lengua como “Marca o señal en el cuerpo” (RAE [En línea]). Considero la amputación como un rasgo o marca que produce un señalamiento y una diferenciación hacia la persona que la posee, ocasionando extrañeza, asombro e impacto en las personas cuando se acercan al amputado en un primer momento.

El sentimiento de curiosidad que se produce hacia el amputado es otro componente del estigma relativo a la amputación. La pregunta sobre ¿qué pasó?, ¿cómo ocurrió? aparece frecuentemente, al igual que la inquietud sobre ¿cómo hacen para llevar sus vidas?

La diferente valoración de las partes del cuerpo de las que puede carecer un amputado, produce diferentes matices en las reacciones hacia él. Existe así una relación entre el estigma y la parte del cuerpo amputada, lo que origina diferentes grados de estigmatización.

Las prótesis, al mejorar la apariencia física del amputado, disminuyen el estigma relativo a la amputación. Así, el estigma se reduce cuando la parte faltante es reemplazada por una prótesis “estéticamente aceptable”, es decir, lo más parecida posible a la parte faltante. Cuando las prótesis dejan ver sus componentes mecánicos, como tubos y ganchos, surten el efecto inverso, haciendo que el estigma sea más marcado.

En las representaciones sociales en torno a la amputación, el estigma relativo a ésta ha sufrido una inversión, en el sentido en que se observa una transformación de la asociación de esta condición con el descrédito de la persona, hacia una sobrevaloración o sobreestimación del amputado, lo que se manifiesta en una admiración exacerbada hacia él. Esta valoración desmedida hacia la persona amputada puede relacionarse con una de las estrategias mencionadas por Goffman a través de las cuales el estigmatizado intenta corregir su condición, lo que consistiría en “[dedicar] un enorme esfuerzo personal al manejo de áreas de actividad que por razones físicas o incidentales se consideran, por lo común, inaccesibles para quien posea su defecto” (2003: 20).

Sin embargo, creo que esta sobrevaloración obedece más a una particularidad de la relación entre “completos” y amputados, mencionada por Goffman como característica de los “contactos mixtos”, consistente en el debilitamiento del habitual esquema que permite interpretar los acontecimientos cotidianos, lo que ocasiona que los logros menos importantes del amputado sean considerados como signos de sus admirables y extraordinarias aptitudes (2003: 26). A pesar de que esta sobreestimación que promulgan las personas que no han sufrido una amputación hacia los amputados sea una valoración positiva de estos, no deja de ser una estigmatización, al ser una valoración de la persona en relación a su condición de amputada.

Para Goffman, cuando el individuo estigmatizado acepta su condición puede llegar a una “normalización” del estigma, refiriéndose al “esfuerzo que realiza el individuo estigmatizado para presentarse a sí mismo como una persona corriente, aunque no oculte necesariamente su defecto” (2003: 44). Así, anota el autor: “Las personas que tienen un estigma aceptado suministran un modelo de ‘normalización’, mostrando hasta dónde pueden llegar los normales cuando tratan a un individuo estigmatizado como si no lo fuera” (2003: 44). La forma como el amputado asume su condición es determinante en sus relaciones con otras personas e influye directamente en la forma en que lo ven esas personas que se relacionan con él.

En este proceso de normalización son fundamentales la confianza y la intimidad presentes en las relaciones cercanas en las que el contacto entre las personas se vuelve algo cotidiano, lo que permite un conocimiento amplio entre las personas que se relacionan, y lleva a que la relación se fundamente en otros aspectos por los cuales se valora al individuo, haciendo que el símbolo de estigma, en este caso la amputación, deje de ser algo que desacredite a la persona y pierde importancia en la relación. Incluso las mismas condiciones de la relación permiten que se hable sobre este tema sin inhibiciones, como algo cotidiano, y que incluso pueda llegar a ser tema de charlas y bromas. Esto sucede en las relaciones entre amigos y en las de pareja.

En algunos casos, además de la normalización de la persona con la cual se tiene contacto directamente, se llega a una normalización de la condición en general, haciendo que se extienda la visión que se tiene de las personas “normalizadas” a todos los que comparten su condición.

Como ya anotara Goffman, el rasgo central que caracteriza la situación vital del individuo estigmatizado se refiere a la “aceptación” (2003: 19). La aceptación se constituye en un juego de doble vía, en el que constantemente interactúan la propia aceptación que el individuo tiene de sí mismo y la aceptación que recibe de las personas con las que se relaciona. La propia aceptación que la persona amputada tiene de ella misma y a partir de ésta, la forma en que se presenta a las demás personas, son decisivas en la aceptación que recibe de los demás.

La aceptación que el amputado hace de su condición es un proceso de auto-reconocimiento en el que interviene determinantemente la construcción de su autoimagen. Se trata de la apropiación de su corporalidad. De asumir su cuerpo tal cual es y sentirse cómodo con él, de explorar todas las posibilidades que este le ofrece y gozarlas plenamente, de tomar conciencia de quién se es en la vivencia de un cuerpo particular. Las experiencias que el amputado vive son las que nutren esta construcción. El amputado debe identificar la forma en que los demás perciben su condición, y aprender a enfrentar las actitudes que tienen hacia él a partir de esta apreciación.

Cada proceso de auto-aceptación y auto-reconocimiento es completamente particular y complejo: en él intervienen innumerables factores, muchos de ellos azarosos e incontrolables, pero que el amputado debe incorporar y afrontar. Algunos de estos factores que considero determinantes en la forma en que el amputado asume su condición, son el momento de la vida en que sucede la amputación —que puede relacionarse con la edad— y las circunstancias que llevan a esta eventualidad. En mi caso, por ejemplo, he llegado a pensar —y varias personas de mi entorno más cercano comparten esta apreciación— que la temprana edad a la que sufrí el accidente que me llevó a ser amputada (cuatro años), influyó positivamente en la forma como asumí mi condición de amputada y en la posterior construcción de una autoimagen satisfactoria. Asimismo, (no sé si también a causa de la corta edad a la que me ocurrió el accidente) a pesar de haber perdido mi pierna en una situación bastante dramática (considero que un atropellamiento lo es), no recuerdo dicho suceso, lo que me ha permitido que este acontecimiento no se constituya en algo traumático que obstaculice mi proceso de aceptación, de auto-reconocimiento. Otros factores que pueden influir son el aspecto psicológico de la persona que se enfrenta a la amputación, su orientación vocacional y sus condiciones socioeconómicas.

Una de las experiencias más importantes en la construcción de mi autoimagen y la comprensión de mi condición de amputada, ha sido estudiar antropología. A través de mi formación he enriquecido mi visión del mundo y he entendido cómo la mayoría de las sociedades se han preguntado por la diferencia como mecanismo de autoidentificación. Asimismo he aprendido a entender y valorar las diferencias, a reconocer que el hecho de que alguien sea diferente a mí no significa que sea menos persona. He comprendido que mi condición de amputada me hace diferente de las personas con las que cotidianamente comparto, pero que esta diferenciación no me hace inferior. También he mejorado mi entendimiento de la forma en que se relacionan conmigo otras personas, a partir de considerarme alguien diferente.

Puedo decir que me reconozco a mí misma como amputada. Pienso que las experiencias que he vivido, entre estas la amputación como una de las que más fuertemente me han marcado, han constituido lo que hoy soy. Las personas que se han relacionado conmigo han comprendido lo que es ser amputado a través de mi experiencia. El proceso de construcción de mi imagen como amputada ha sido un aprendizaje colectivo, pues además de involucrarme directamente, implica también a quienes se relacionan conmigo.

La pata e cumbia está latente en tus relaciones sociales… el ejercicio de contar una y otra vez desde que eras niña el drama que te llevó a tener una prótesis hace parte, creo de un ejercicio terapéutico individual, en un sentido de sentirse sí mismo y confortable y colectivo, en el sentido en que como terapia de inclusión social la gente aprende a convivir con tu historia y a contarla una y otra vez a todas las personas que por ejemplo a través de mí te conocen, en mi natal Fonseca… tu historia retumba en el patio de mi abuela como un ejemplo de virtuosidad, pero más que todo como la superación de un drama humano que sobrepasa la imaginación y al final de todo quedas con tanta fuerza, parada sobre tus dos pies bailando y viviendo… (Carta de amigo E.T., 2008).

* Nací en Medellín en 1982. A los cuatro años de edad tuve un accidente de tránsito a causa del cual me fue amputada mi pierna izquierda, acontecimiento que ha marcado el rumbo de mi vida especialmente. Durante mi crecimiento siempre me interesaron las actividades físicas y las diversas expresiones artísticas. Cuando inicié mis estudios universitarios empecé a interesarme fuertemente por la danza y comencé a dedicarme al estudio y práctica de esta expresión corporal, al tiempo que fui formándome como antropóloga, profesión de la que obtuve mi título universitario en el año 2008. En mi trabajo de grado, titulado Pie de muñeca: relato de vida de una persona amputada, abordé la reflexión sobre la vivencia de la discapacidad a partir de mi propia experiencia de vida. Además, desde hace varios años vengo desarrollando una investigación sobre las posibilidades de movimiento que ofrece mi cuerpo, con la particular condición de ser una persona amputada. En el año 2016 presenté la obra Pie de muñeca – solo de danza contemporánea, la cual surgió de mi exploración e investigación con el movimiento. Para la realización de esta obra recibí una Beca de creación en danza para solo o dúo de la Convocatoria de Estímulos para el Arte y la Cultura, 2016 – Secretaría de Cultura Ciudadana, Alcaldía de Medellín. A lo largo de mi vida he estudiado y practicado diferentes técnicas de danza, como danzas tradicionales y folclóricas de Colombia, danza afro contemporánea, danza contemporánea y danza aérea en telas. Actualmente continúo estudiando y explorando a partir de las posibilidades que me brinda la danza contemporánea, para continuar con mi investigación personal sobre mis posibilidades de movimiento. También he realizado algunas creaciones fotográficas en las que he abordado mi propia vivencia de una discapacidad, con las cuales he participado en diversas exposiciones y concursos de fotografía. Entre estos, fui ganadora del Primer Puesto en el IV Concurso de fotografía digital del INICO “Las personas con discapacidad en la vida cotidiana” (España, 2006). Además, he participado en diferentes intervenciones artísticas en espacios públicos en la ciudad de Medellín.
Bibliografía
Arboleda Gómez, Rubiela (2009). El cuerpo: huellas del desplazamiento. El caso de Macondo. Medellín: Hombre Nuevo Editores.
Goffman, Erving (2003 [1963]). Estigma. Buenos Aires: Amorrortu.
Pujadas Muñoz, Juan José (1992). El método biográfico: El uso de las historias de vida en ciencias sociales. Madrid: Centro de Investigaciones Sociológicas.
RAE (Real Academia Española). Diccionario de la lengua española, 22a ed. [En línea] http://www.rae.es/rae.html.

Por: Lina Loaiza Bran*

Existe una conexión entre lo que elegimos investigar y lo que nos constituye como personas, es decir, lo que nos hace ser lo que somos. No es gratuito que un tema en particular nos interesa de tal forma que pasemos un gran número de horas, dedicados a indagar sobre él. Si un asunto nos inquieta con tal fuerza es porque, de alguna forma, toca las fibras de nuestras más profundas emociones e intereses personales.

Debido a mi condición de antropóloga, la pregunta por la diferencia se ha hecho habitual en mí. Sin embargo, he comenzado a comprender que esta interrogación por lo “otro”, por lo diferente, no obedece a otra cosa que a una búsqueda de identificarse, de reafirmar nuestra identidad. Es así como decidí reflexionar en mi trabajo de grado, titulado Pie de muñeca. Relato de vida de una persona amputada, sobre mi propia condición de amputada, condición que me diferencia de las personas con quienes me relaciono y en esa medida me constituye en un “otro” para ellos, pero al mismo tiempo hace parte de mi propia identidad. En este trabajo abordo la relación entre la construcción de la autoimagen de un amputado y la mediación de su entorno socio afectivo, a partir del análisis de mi propia vivencia como amputada. Exploro lo que ha significado y las implicaciones que ha tenido para mí y para quienes han compartido mi historia de cerca, el hecho de ser una mujer amputada. Identifico las repercusiones más relevantes sobre la imagen corporal producto de la amputación, el impacto sobre la percepción de los otros hacia el amputado y la forma en que me veo a mí misma. También trato las complejas relaciones que se establecen entre mi propia visión y las de los otros. Este trabajo analiza el sentido más profundo de aceptar la propia condición de amputado, de reconocerme como amputada. En esta ponencia presento los principales resultados de esta investigación.

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En el trabajo de grado mencionado hice una apuesta por una práctica antropológica humanista, una antropología en la que se revalorice al ser humano concreto con toda su subjetividad, que narre las historias y vivencias de la gente, que muestre sus apreciaciones e interpretaciones sobre sus experiencias de vida y la forma creativa cómo responden a las diferentes situaciones que se les presentan. Fue así como recurrí a la utilización del relato de vida para el desarrollo de mi investigación, narrando mi propia experiencia en relación a la amputación, en el marco de lo que se ha denominado método biográfico (Pujadas, 1992) y autoetnografía (Esteban, 2004).

Utilicé la metodología denominada relatos biográficos cruzados, la cual consiste en “hacer converger los relatos de experiencias personales [de diferentes individuos del ámbito social del ego estudiado o que constituyen su entorno social inmediato] hacia un punto central de interés, hacia un tema común, del que todos los sujetos han sido a la vez protagonistas y observadores externos” (Pujadas, 1992: 56). Este procedimiento nos introduce en profundidad en el universo de las relaciones sociales primarias, al ser un perfecto medio de acercamiento a las relaciones familiares, hacia las pautas de formación y funcionamiento de las relaciones de sociabilidad.

En esta ponencia abordo la relación existente entre la construcción de mi autoimagen (imagen corporal) como amputada y la actuación que ha tenido mi entorno socio- afectivo en ésta. Me refiero aquí a una noción amplia de imagen corporal, en la que se conjuguen componentes perceptivos, cognitivos, emocionales y conductuales, y en la que se tenga presente el papel de los factores socio-culturales. Así, la noción que utilizo de imagen corporal incluye la forma en que percibimos nuestro cuerpo, la representación mental que nos hacemos de él, los pensamientos, creencias, valoraciones y sentimientos que nos formamos respecto a nuestro cuerpo, y las actitudes y comportamientos que se derivan de la forma en que experimentamos nuestro cuerpo, teniendo en cuenta que esta imagen está influenciada por lo que recibimos de nuestro medio, es decir, por nuestro entorno social y cultural, y, a la vez, que nuestra propia imagen influye en lo que las personas de nuestro entorno perciben de nosotros. Es importante también anotar que nuestra imagen se construye a partir de las experiencias que vamos obteniendo en cuanto a nuestro cuerpo.

Al reconocer aquí la permanente relación y retroalimentación entre la propia imagen de la persona y lo que las personas de su entorno perciben de ella, he optado por utilizar una concepción amplia del carácter reflexivo de la imagen, que no sólo tenga en cuenta la propia visión del individuo en cuestión sobre sí mismo, sino que atienda a la imagen que los demás se hacen de él. De esta forma, sigo la definición según la cual el carácter reflexivo se refiere a aquello que se refleja, es decir, a la imagen de algo o alguien vista en otra cosa. “La condición de reflexiva pues, otorga a la cosa la posibilidad de volver sobre sí misma para formar un conocimiento o consideración que admita el propio reconocimiento a partir de la imagen que retorna desde una superficie” (Arboleda, 2009: 88).

La primera observación que encontré referente a la imagen corporal de las personas amputadas, es el señalamiento de nuestra condición como personas “diferentes”, “anormales”, pues en los cánones socialmente reconocidos se considera que las personas deben tener su cuerpo “completo”. Así lo señala una de las personas entrevistadas en esta investigación: “Digamos que la percepción que tenemos del cuerpo es una cuestión muy global, y la ausencia de eso como que de una vez hace que la apariencia física del otro sea señalada” (Entrevista a ex novio J.D., 2008).

Esta percepción, en la que el “estar completo” es considerado como un atributo fundamental para tener una apariencia adecuada, o sea, acorde con los paradigmas establecidos, también aparece en otros testimonios recogidos: “nosotros estamos atados a una conciencia estética de que las cosas deben estar y todo debe estar completo y en su lugar, y pues el hecho de no tener alguna parte siempre afecta de alguna forma” (Entrevista a amigo J.E., 2008); “Pues, yo creo que ahí hay un ranking aquí de belleza, y es gente completa, pues no hay modelos o gente de otro tipo que aparecen como incompletos ¿sí?” (Entrevista a amigo G.A., 2008); “lo primero que uno llega cuando ve a una persona, a ver si está completa, desgraciadamente, o desgraciadamente no, igual cuando un niño nace, la mamá lo primero que hace, a ver cómo están los deditos, entonces es algo que desde pelado nos enseñan y algo que nosotros mismos practicamos” (Entrevista a amigo F.J., 2007).

Vemos así que se produce un impacto, un asombro o un extrañamiento en muchas personas al percibir la imagen de otro congénere al que le falta alguna parte de su cuerpo. Varios testimonios recogidos para esta investigación así lo manifiestan: “genera cierto impacto en las demás personas porque sí es raro ver a una persona que le falte un brazo, una pierna, un dedo, sí me parece genera un cambio pero no horrible, asqueroso es solamente un cambio y causa impacto, un impacto visual” (Entrevista a amiga I.P., 2008); “Lo primero es una cuestión como de rareza, porque uno dice bueno esa parte qué” (Entrevista a amigo J.E., 2008).

Existe una valoración diferente de las partes del cuerpo de las que puede carecer una persona amputada, lo que produce diferentes matices en las reacciones que se generan hacia los amputados. La sensación de impacto y extrañamiento parece incrementarse en la medida en que se incrementa la parte del cuerpo amputada. Causa mayor impresión la falta de las extremidades. También se producen valoraciones diferentes de acuerdo con la funcionalidad de la parte perdida, y con la relación que cotidianamente se establece con esta parte del cuerpo. Se considera además importante la notoriedad de la parte amputada, en el sentido en que se afecta en mayor o menor grado la apariencia física.

Los siguientes comentarios ejemplifican esta apreciación: “Los que tienen amputaciones más severas uno como que se impresiona un poco más” (Entrevista a ex novio J.D., 2008); “digamos una amputación doble, de las dos piernas, afecta totalmente, mucho porque ya la vas a ver en una silla de ruedas, y digamos uno a nivel sexual ver unas piernas es una cosa muy bonita cierto, digamos también los dos brazos, pues cuando ya son amputaciones dobles ya la cuestión es como más dura a comparación de una amputación sencilla, es por ese lado que es más tenaz”. (Entrevista a amigo J.E., 2008); “Me impresiona más las manos que los pies, eso sí tengo yo, porque me parece que las manos son como más necesarias” (Entrevista a amiga E.B., 2007); “perder unos dedos, perder una oreja, no tener una mano, bueno la mano es más compleja. Pero también depende, hay amputaciones que son mucho más graves, me parecen a mí. O sea, perder toda una extremidad es supremamente difícil” (Entrevista a ex novio J.D., 2008); “Sí, yo siento que hay diferencias muy grandes en las relaciones con el cuerpo, pues, precisamente en cómo se desarrolle la cotidianidad de cada uno y en eso creo que por ejemplo la mano, o el pie, o la pierna, o el brazo, crean diferentes cargas emocionales precisamente porque qué utiliza uno más, para qué… Yo no sé, yo creo que sí, de todas maneras uno no tiene las mismas relaciones con los pies que con las manos, yo no sé” (Entrevista a prima A.C., 2008).

En la imagen corporal de las personas amputadas son de gran importancia las prótesis. Estas son consideradas como una gran ayuda desde el punto de vista funcional, y como un elemento esencial para mejorar la apariencia física del amputado, reduciendo el impacto visual que produce en los demás. En las entrevistas realizadas para este trabajo, se encuentran reiteradamente alusiones al papel fundamental que las prótesis desempeñan en la imagen del amputado, aspecto al que se da igual o incluso mayor importancia que al puramente funcional: “yo creo que de pronto el motivo es un asunto estético ¿sí?, entonces yo digo ‘hay que usar la prótesis porque se ve feo, ver ahí el brazo amputado’” (Entrevista a amigo G.A., 2008); “asumo que debe dar cierta seguridad a la autoestima porque te ves completo, aunque se nota la diferencia entre una prótesis y el otro normal me parece que sí le da similitud a la apariencia, no daría un impacto visual tan grande, no sería un impacto la diferencia entre los miembros” (Entrevista a amiga I.P., 2008).

Si a mí me falta tal cosa entonces me tengo que poner algo porque entonces hay mismo voy a llamar la atención. Pero yo pienso que es más como por, como por la apariencia física. [] Por decir algo, una prótesis de mano, en cierta forma a veces que son de esas prótesis que se ven quietecitas, quietecitas, es una cosa más estética que por decir algo a ti, la pierna pues es para caminar. Pero mucha gente que se pone, para que un seno, sí, sí, qué, qué función tiene. Hay prótesis que son necesarias, pero hay cosas que son puramente estéticas (Entrevista a tía D.L., 2008).

Por un lado está la ayuda física porque supongo que es para eso, al menos en las piernas son hechas para apoyarte, y por el otro lado está la corporalidad y la imagen entonces habrá gente para las que debe ser tenaz por lo del síndrome del miembro faltante y supongo que esto ayudará a suplir estas cosas, además estamos acostumbrados a vernos con dos piernas, con dos brazos, con una cabeza y el tronco y cuando no está es una cosa rara entonces supongo que ayudará a que no sea tan fuerte el choque (Entrevista a amiga A.L., 2008).

Una prótesis le da a uno como una sensación de seguridad, porque está supliendo una deficiencia con eso y pueden ser tan buenas y tan bien hechas que las personas no se den cuenta. Entonces, pueden ser prótesis oculares que sean igualitas, pueden ser… yo conozco prótesis de nariz o de orejas, que le dan la sensación a la persona de tenerla, y que las hacen tan bien hechas que a la persona en la calle no se le nota ninguna deficiencia. Entonces, a mí me parecen indispensables en cualquier amputación, obviamente, hay unas que no existen, por ejemplo las de los deditos de las manos… no se puede, hay unas que son muy estéticas y otras que son muy funcionales. Lo ideal es que sean como las dos cosas, funcionales y estéticas (Entrevista a prima A.Z., 2008).

De igual forma lo declaró mi técnico protesista:

¿O sea que si considero que una prótesis es necesaria en un amputado? Sí. Así sea cosméticamente, así sea para que el paciente se vea con sus dos zapatos, su bluyín largo, o su pantaloneta, porque hay muchos que no, por ejemplo tú eres una persona que no sufres por la cosmesis, hay muchos pacientes que simplemente, así no puedan caminar porque tienen limitaciones muy muy avanzadas, vienen y me dicen: yo quiero que me haga una prótesis para sentarme en mi silla de ruedas y verme mis dos zapatos, que la gente no me esté preguntando “¿qué le pasó?”, me falta una pierna. Y mirá que es importante, así sea para que el paciente muestre ante la gente externa, pues, muestre sus dos zapatos y la gente pase desapercibida y no les esté como preguntando, que es lo que más angustia a la gente amputada, “¿qué le pasó?”, o que los vean así como tan faltantes de algún miembro.

[] Aquí en Colombia, y por lo menos aquí en Medellín, y sobre todo las mujeres, son aferradas, pues, a un terminado de una prótesis. La prótesis tiene que quedar lo más parecido posible a la otra pierna. Me parece que sí es importante que quede con una cosmesis debida porque nosotros somos gente que no tenemos la cultura de ver a una persona amputada con una prótesis y tenga un tubo ahí. Nos asombramos más que si la viéramos sin la prótesis. Muchas veces ve la gente por ahí un paciente con una prótesis que es un tubo, una rodilla, se usa una rodilla muy bonita y un pie allá y se queda uno mirando ese tubo, ese man cómo camina con ese tubo. Entonces, por lo regular, aquí en nuestro medio, es importante la cosmesis. Ver una prótesis bien fabricadita, bien hecha, porque nosotros somos así, de una forma de pensar muy distinta a los europeos y gringos. Entonces, en este momento es importante (Entrevista a técnico protesista C.G., 2008).

De esta forma, la prótesis debe ser lo más similar posible a la parte del cuerpo ausente, para que logre reducir efectivamente el impacto que la amputación causa en la imagen. Contrariamente, se encuentran apreciaciones negativas sobre las prótesis que dejan ver las partes mecánicas como tubos y ganchos: “Hay una prótesis que si me parece horrible. Es las que no tienen manos que utilizan un ganchito, me parece muy fuerte porque… Sí, me parece, o sea, tiene una, es una marca bastante fuerte. O sea, digamos que uno dice: bueno, pueden existir otro tipo de prótesis un poco más estéticas; porque visualmente es muy agresiva” (Entrevista a ex novio J.D., 2008).

A pesar del gran aporte que las prótesis pueden hacer a la apariencia física del amputado, el simple hecho de utilizarlas no garantiza automáticamente una autoimagen satisfactoria; es necesario que la persona trabaje en la aceptación y valoración de su cuerpo tal como es. Es importante crear un vínculo con la prótesis que vaya más allá de simplemente asumirla como una ayuda mecánica, apropiándose de ella como una parte más del cuerpo.

Cada experiencia en relación con la amputación es completamente particular y existe un gran número de factores que intervienen en esta vivencia y la hacen absolutamente compleja. La edad a la que se sufre la amputación es una de las eventualidades trascendentales en este proceso. Debido a que la imagen corporal no es algo fijo, sino que varía y se construye permanentemente a través de nuestras propias vivencias, no es lo mismo afrontar una amputación en diferentes momentos de la vida. Es común pensar que es “más fácil” para un niño asumir una amputación, pues su autoimagen aún no está muy definida.

En mi contexto socio-cultural, las mujeres estamos especialmente enfrentadas a convivir con una fuerte exigencia en torno a la apariencia física. Con frecuencia se considera que una mujer debe ceñirse a los modelos de belleza vigentes para poder alcanzar su plena “realización personal”, para lograr su éxito en una amplia variedad de campos. De esta forma, las mujeres tendemos a pensar que si no somos aceptadas por nuestra imagen, no seremos satisfactoriamente valoradas. Es así como la preocupación por la figura, por “estar bien”, por tener un cuerpo agradable, delgado y “bien trabajado”, se ha constituido en un imperativo para las mujeres en este medio. También se hacen cada vez más populares las intervenciones quirúrgicas y otros métodos para ayudar a alcanzar la belleza tan anhelada.

De acuerdo con este razonamiento, sería posible deducir que una amputación puede afectar más profundamente la imagen corporal femenina. Sin embargo, en esta investigación encontramos que esta afectación solo se hace especialmente evidente cuando la amputación compromete partes del cuerpo representativas de la feminidad, como los senos. Así se manifiesta en los siguientes testimonios: “Creo que la feminidad se impone porque es más algo interno de la mujer. Si hay alguna amputación que afecte considerablemente la feminidad, creo que es la pérdida de un seno” (Entrevista a hermano J.F., 2008).

Dependiendo de qué tipo de amputación sea cierto. Si son digamos, si hablamos como de la imagen del cuerpo y de la representación del cuerpo, obviamente las partes del cuerpo que comprometen más la identidad femenina, obviamente para mí marcarían mucho la feminidad de una mujer. Una cosa es que una mujer por ejemplo tenga una amputación de seno. [] De resto, me parece que cuando no comprometen como esos espacios del cuerpo que son simbólicos, no mella para nada pues como la imagen de feminidad que para mí puede proyectar alguien (Entrevista a ex novio J.D., 2008).

A pesar de la influencia que la amputación tiene sobre la imagen de la mujer, es posible establecer una relación de seguridad con el cuerpo y crear mecanismos que le permitan que su amputación no interfiera en forma negativa con su identidad femenina.

Así, las mujeres amputadas podemos seguir siendo consideradas atractivas, y nuestra feminidad puede ser reconocida en características como la vanidad, la preocupación por el cuidado y el arreglo del cuerpo y la forma de vestir, haciendo que la amputación pase a un segundo plano en nuestra valoración.

En torno a la imagen corporal de las personas amputadas existe una cierta curiosidad o preocupación hacia la vivencia de la sexualidad. Trataré este punto al referirme a la forma en que las personas amputadas se relacionan con otros de su entorno.

Las experiencias que afronta una persona en el transcurso de su vida constituyen los elementos a partir de los cuales se construye como sujeto, moldeando su forma de ser. De esta forma, la amputación es una eventualidad que determina trascendentalmente la personalidad de quien la vive, aportando ciertos rasgos particulares. Así, se considera que las personas amputadas tenemos una fortaleza especial para afrontar la vida.

Además, se hace mención a otras características como relacionadas con la amputación, como son el espíritu de lucha, el emprendimiento, la constancia y el apasionamiento por la vida.

En mi caso particular, me he esforzado por proyectar una imagen en la que la amputación no aparezca como un limitante en mi vida, lo que me ha llevado a empeñarme en la realización de actividades que me permiten demostrar, tanto a mí misma como a los otros, que puedo tener una realización personal satisfactoria. Pienso que mis niveles de exigencia hacia mí misma y el perfeccionismo que me caracterizan, se constituyen en mecanismos de autoaceptación y de sentir que los demás pueden valorarme satisfactoriamente.

En la imagen del amputado es muy importante su propia actitud, cómo este asume su condición, constituyéndose en agente activo de su propia imagen. La forma en que los demás lo perciben depende en gran medida de su propia proyección. Lo que se recibe de los demás influye en nuestra propia imagen, pero quiero enfatizar en la importancia que tiene el ser conscientes de nuestro propio papel en la construcción de ésta, pues cómo nos ven depende fundamentalmente de nuestra propia percepción.

También los aportes que recibimos de nuestro entorno social son fundamentales en la construcción de nuestra autoimagen. Así, son cruciales las opiniones y actitudes que el amputado percibe en las personas que están más cercanas a él. En este sentido, las primeras reacciones de las que se tiene conciencia y las que más pueden influir en el amputado, son las de sus propios familiares, al ser éstas las personas más allegadas a él y quienes comúnmente se encargan de acompañarlo en el momento mismo en que ocurre la eventualidad. Otros personajes cercanos al amputado llegan a influir en su imagen, como es el caso de los amigos y la pareja.

La posición y actitud que las personas más próximas al amputado asuman en el momento de la amputación y en el periodo posterior, mientras logra hacerse una imagen de sí mismo, se constituyen en un elemento fundamental para la propia percepción que el amputado tendrá de sí mismo, la forma en que se relacionará con su cuerpo y enfrentará su vida. Dependiendo de la forma en que estas personas reaccionen frente a este hecho, contribuirán a que el amputado decida seguir adelante con su vida, reconfigurar sus proyectos y sus ideales y luchar por ellos, o que al contrario se suma en una depresión. 

El papel que desempeñan sus padres es trascendental para el amputado. La actitud y la posición que estos personajes toman frente a esta eventualidad es determinante, pues muchas veces los padres sobreprotegen a sus hijos en estas situaciones, lo que podría llevarlos a ser demasiado dependientes y a tomar la posición de personas limitadas.

La estructura familiar se reconfigura a partir de una eventualidad como esta, afectando a todos sus integrantes y marcando inevitablemente sus vidas. La amputación no solo afecta a la persona que la sufre directamente, sino a todos los integrantes de su núcleo familiar, lo que hace que también ellos tengan que reconstruir su percepción de ellos mismos y de su entorno, y la forma en que afrontan sus vidas.

Otros personajes que influyen decisivamente en la construcción de la imagen del amputado, por su posición de cercanía, son sus amigos. La cotidianidad y la intimidad entre los amigos hacen que la amputación deje de ser un aspecto determinante en la relación, y que esta se fundamente en otras características por las cuales se valora a la persona. La amputación pasa a ser un rasgo más de la persona, que en ocasiones llega a olvidarse o a perder trascendencia.

Es posible que exista en la persona amputada una mayor preocupación y por esto un mayor esfuerzo por integrarse a su entorno social y sentirse de esta forma aceptada en él.

La pareja sentimental de la persona amputada también es fundamental en la construcción de la imagen de esta, debido a la intimidad que se establece con ella y a la importancia que adquiere en la satisfacción de la persona consigo misma. He encontrado muchas ideas sobre lo difícil que es para una persona amputada encontrar una pareja sentimental que la acepte. Sin embargo, yo misma he sentido que la cotidianidad y la intimidad implícitas en estas relaciones, hacen que la amputación deje de ser determinante, lo que hace que ésta no se constituya en una barrera. Así, al igual que con los amigos, la relación se fundamenta en otras características por las cuales se valora a la persona, haciendo que la amputación pase a ser un rasgo más al cual no se le da una especial trascendencia.

Un aspecto inquietante en torno a las relaciones de pareja que establece una persona amputada, es la vivencia de la sexualidad. Para mí ha sido algo muy natural vivir mi sexualidad siendo una persona amputada. Nunca había reparado mucho en este asunto y siempre he estado tranquila al respecto. No he llegado a sentir prevenciones frente a afrontar mi desnudez teniendo una pierna amputada e innumerables cicatrices por todo mi cuerpo. Pienso que el contacto en estas situaciones de gran intimidad, crea una confianza con el otro en que ya no importa evidenciar este tipo de detalles de la experiencia corporal. Cuando se está con una persona en la intimidad, se asume a esa persona tal cual es. Pienso que mi propia actitud en estas situaciones también ha influido en que mi amputación no se convierta en una barrera para vivirlas. He desarrollado una seguridad y confianza en mí misma que me permiten pensar que mi amputación no me hace dejar de ser atractiva. Mi amputación me parece una característica más de mi corporalidad y en ese sentido igual de relevante a cualquier otra. Pienso que es el conjunto de mi corporalidad, con todas sus particularidades y entre ellas la amputación, lo que le atrae a una persona que quiera estar conmigo.

Asimismo, he encontrado que existe un desconocimiento amplio sobre las posibilidades que un amputado tiene para llevar su vida e insertarse en su entorno social. Los amputados aparecemos en el imaginario de quienes no poseen esta condición como personas deprimidas, retraídas socialmente y con una gran cantidad de limitaciones para desenvolvernos en la vida diaria.

Sin embargo, entre estas imágenes negativas, en las que también aparece la idea de personas que se aprovechan de su condición y viven de la lástima, dedicándose incluso a la mendicidad, he visto que varias personas que se han relacionado directamente con una persona amputada, han cambiado esta visión de la amputación, llegando a valorar al amputado positivamente. Incluso he observado que a partir de conocer la experiencia de personas amputadas que llevan una vida satisfactoria, quienes no tienen esta condición reflexionan sobre la naturaleza de las “limitaciones”, concluyendo que las limitaciones son principalmente mentales, no físicas.

También encontré quienes consideran la amputación como una eventualidad que ayuda a potenciar las capacidades de la persona que la vive, entendiéndose la amputación como una oportunidad de vida, en lugar de considerarse como un suceso frustrante. En cuanto a la relación con su propio cuerpo y a las capacidades que un amputado puede desarrollar, la realización de actividades físicas y artísticas contribuye a la imagen del amputado y a su propia satisfacción, lo que se constituye como un espacio de auto-reconocimiento, de relación con su cuerpo, y en recurso de vinculación social.

La amputación puede ser vista como un estigma en el sentido en que Goffman lo define, como un atributo que hace diferente a una persona de las demás y la convierte en alguien menos apetecible, reduciéndola a un ser menospreciado e inficionado (2003: 12). Sin embargo, he visto que el estigma relacionado a la amputación no destaca la connotación desacreditadora mencionada por Goffman. Me refiero entonces al estigma, en relación con la amputación, en el sentido de la primera acepción definida por la Real Academia Española de la Lengua como “Marca o señal en el cuerpo” (RAE [En línea]). Considero la amputación como un rasgo o marca que produce un señalamiento y una diferenciación hacia la persona que la posee, ocasionando extrañeza, asombro e impacto en las personas cuando se acercan al amputado en un primer momento.

El sentimiento de curiosidad que se produce hacia el amputado es otro componente del estigma relativo a la amputación. La pregunta sobre ¿qué pasó?, ¿cómo ocurrió? aparece frecuentemente, al igual que la inquietud sobre ¿cómo hacen para llevar sus vidas?

La diferente valoración de las partes del cuerpo de las que puede carecer un amputado, produce diferentes matices en las reacciones hacia él. Existe así una relación entre el estigma y la parte del cuerpo amputada, lo que origina diferentes grados de estigmatización.

Las prótesis, al mejorar la apariencia física del amputado, disminuyen el estigma relativo a la amputación. Así, el estigma se reduce cuando la parte faltante es reemplazada por una prótesis “estéticamente aceptable”, es decir, lo más parecida posible a la parte faltante. Cuando las prótesis dejan ver sus componentes mecánicos, como tubos y ganchos, surten el efecto inverso, haciendo que el estigma sea más marcado.

En las representaciones sociales en torno a la amputación, el estigma relativo a ésta ha sufrido una inversión, en el sentido en que se observa una transformación de la asociación de esta condición con el descrédito de la persona, hacia una sobrevaloración o sobreestimación del amputado, lo que se manifiesta en una admiración exacerbada hacia él. Esta valoración desmedida hacia la persona amputada puede relacionarse con una de las estrategias mencionadas por Goffman a través de las cuales el estigmatizado intenta corregir su condición, lo que consistiría en “[dedicar] un enorme esfuerzo personal al manejo de áreas de actividad que por razones físicas o incidentales se consideran, por lo común, inaccesibles para quien posea su defecto” (2003: 20).

Sin embargo, creo que esta sobrevaloración obedece más a una particularidad de la relación entre “completos” y amputados, mencionada por Goffman como característica de los “contactos mixtos”, consistente en el debilitamiento del habitual esquema que permite interpretar los acontecimientos cotidianos, lo que ocasiona que los logros menos importantes del amputado sean considerados como signos de sus admirables y extraordinarias aptitudes (2003: 26). A pesar de que esta sobreestimación que promulgan las personas que no han sufrido una amputación hacia los amputados sea una valoración positiva de estos, no deja de ser una estigmatización, al ser una valoración de la persona en relación a su condición de amputada.

Para Goffman, cuando el individuo estigmatizado acepta su condición puede llegar a una “normalización” del estigma, refiriéndose al “esfuerzo que realiza el individuo estigmatizado para presentarse a sí mismo como una persona corriente, aunque no oculte necesariamente su defecto” (2003: 44). Así, anota el autor: “Las personas que tienen un estigma aceptado suministran un modelo de ‘normalización’, mostrando hasta dónde pueden llegar los normales cuando tratan a un individuo estigmatizado como si no lo fuera” (2003: 44). La forma como el amputado asume su condición es determinante en sus relaciones con otras personas e influye directamente en la forma en que lo ven esas personas que se relacionan con él.

En este proceso de normalización son fundamentales la confianza y la intimidad presentes en las relaciones cercanas en las que el contacto entre las personas se vuelve algo cotidiano, lo que permite un conocimiento amplio entre las personas que se relacionan, y lleva a que la relación se fundamente en otros aspectos por los cuales se valora al individuo, haciendo que el símbolo de estigma, en este caso la amputación, deje de ser algo que desacredite a la persona y pierde importancia en la relación. Incluso las mismas condiciones de la relación permiten que se hable sobre este tema sin inhibiciones, como algo cotidiano, y que incluso pueda llegar a ser tema de charlas y bromas. Esto sucede en las relaciones entre amigos y en las de pareja.

En algunos casos, además de la normalización de la persona con la cual se tiene contacto directamente, se llega a una normalización de la condición en general, haciendo que se extienda la visión que se tiene de las personas “normalizadas” a todos los que comparten su condición.

Como ya anotara Goffman, el rasgo central que caracteriza la situación vital del individuo estigmatizado se refiere a la “aceptación” (2003: 19). La aceptación se constituye en un juego de doble vía, en el que constantemente interactúan la propia aceptación que el individuo tiene de sí mismo y la aceptación que recibe de las personas con las que se relaciona. La propia aceptación que la persona amputada tiene de ella misma y a partir de ésta, la forma en que se presenta a las demás personas, son decisivas en la aceptación que recibe de los demás.

La aceptación que el amputado hace de su condición es un proceso de auto-reconocimiento en el que interviene determinantemente la construcción de su autoimagen. Se trata de la apropiación de su corporalidad. De asumir su cuerpo tal cual es y sentirse cómodo con él, de explorar todas las posibilidades que este le ofrece y gozarlas plenamente, de tomar conciencia de quién se es en la vivencia de un cuerpo particular. Las experiencias que el amputado vive son las que nutren esta construcción. El amputado debe identificar la forma en que los demás perciben su condición, y aprender a enfrentar las actitudes que tienen hacia él a partir de esta apreciación.

Cada proceso de auto-aceptación y auto-reconocimiento es completamente particular y complejo: en él intervienen innumerables factores, muchos de ellos azarosos e incontrolables, pero que el amputado debe incorporar y afrontar. Algunos de estos factores que considero determinantes en la forma en que el amputado asume su condición, son el momento de la vida en que sucede la amputación —que puede relacionarse con la edad— y las circunstancias que llevan a esta eventualidad. En mi caso, por ejemplo, he llegado a pensar —y varias personas de mi entorno más cercano comparten esta apreciación— que la temprana edad a la que sufrí el accidente que me llevó a ser amputada (cuatro años), influyó positivamente en la forma como asumí mi condición de amputada y en la posterior construcción de una autoimagen satisfactoria. Asimismo, (no sé si también a causa de la corta edad a la que me ocurrió el accidente) a pesar de haber perdido mi pierna en una situación bastante dramática (considero que un atropellamiento lo es), no recuerdo dicho suceso, lo que me ha permitido que este acontecimiento no se constituya en algo traumático que obstaculice mi proceso de aceptación, de auto-reconocimiento. Otros factores que pueden influir son el aspecto psicológico de la persona que se enfrenta a la amputación, su orientación vocacional y sus condiciones socioeconómicas.

Una de las experiencias más importantes en la construcción de mi autoimagen y la comprensión de mi condición de amputada, ha sido estudiar antropología. A través de mi formación he enriquecido mi visión del mundo y he entendido cómo la mayoría de las sociedades se han preguntado por la diferencia como mecanismo de autoidentificación. Asimismo he aprendido a entender y valorar las diferencias, a reconocer que el hecho de que alguien sea diferente a mí no significa que sea menos persona. He comprendido que mi condición de amputada me hace diferente de las personas con las que cotidianamente comparto, pero que esta diferenciación no me hace inferior. También he mejorado mi entendimiento de la forma en que se relacionan conmigo otras personas, a partir de considerarme alguien diferente.

Puedo decir que me reconozco a mí misma como amputada. Pienso que las experiencias que he vivido, entre estas la amputación como una de las que más fuertemente me han marcado, han constituido lo que hoy soy. Las personas que se han relacionado conmigo han comprendido lo que es ser amputado a través de mi experiencia. El proceso de construcción de mi imagen como amputada ha sido un aprendizaje colectivo, pues además de involucrarme directamente, implica también a quienes se relacionan conmigo.

La pata e cumbia está latente en tus relaciones sociales… el ejercicio de contar una y otra vez desde que eras niña el drama que te llevó a tener una prótesis hace parte, creo de un ejercicio terapéutico individual, en un sentido de sentirse sí mismo y confortable y colectivo, en el sentido en que como terapia de inclusión social la gente aprende a convivir con tu historia y a contarla una y otra vez a todas las personas que por ejemplo a través de mí te conocen, en mi natal Fonseca… tu historia retumba en el patio de mi abuela como un ejemplo de virtuosidad, pero más que todo como la superación de un drama humano que sobrepasa la imaginación y al final de todo quedas con tanta fuerza, parada sobre tus dos pies bailando y viviendo… (Carta de amigo E.T., 2008).

* Nací en Medellín en 1982. A los cuatro años de edad tuve un accidente de tránsito a causa del cual me fue amputada mi pierna izquierda, acontecimiento que ha marcado el rumbo de mi vida especialmente. Durante mi crecimiento siempre me interesaron las actividades físicas y las diversas expresiones artísticas. Cuando inicié mis estudios universitarios empecé a interesarme fuertemente por la danza y comencé a dedicarme al estudio y práctica de esta expresión corporal, al tiempo que fui formándome como antropóloga, profesión de la que obtuve mi título universitario en el año 2008. En mi trabajo de grado, titulado Pie de muñeca: relato de vida de una persona amputada, abordé la reflexión sobre la vivencia de la discapacidad a partir de mi propia experiencia de vida. Además, desde hace varios años vengo desarrollando una investigación sobre las posibilidades de movimiento que ofrece mi cuerpo, con la particular condición de ser una persona amputada. En el año 2016 presenté la obra Pie de muñeca – solo de danza contemporánea, la cual surgió de mi exploración e investigación con el movimiento. Para la realización de esta obra recibí una Beca de creación en danza para solo o dúo de la Convocatoria de Estímulos para el Arte y la Cultura, 2016 – Secretaría de Cultura Ciudadana, Alcaldía de Medellín. A lo largo de mi vida he estudiado y practicado diferentes técnicas de danza, como danzas tradicionales y folclóricas de Colombia, danza afro contemporánea, danza contemporánea y danza aérea en telas. Actualmente continúo estudiando y explorando a partir de las posibilidades que me brinda la danza contemporánea, para continuar con mi investigación personal sobre mis posibilidades de movimiento. También he realizado algunas creaciones fotográficas en las que he abordado mi propia vivencia de una discapacidad, con las cuales he participado en diversas exposiciones y concursos de fotografía. Entre estos, fui ganadora del Primer Puesto en el IV Concurso de fotografía digital del INICO “Las personas con discapacidad en la vida cotidiana” (España, 2006). Además, he participado en diferentes intervenciones artísticas en espacios públicos en la ciudad de Medellín.
Bibliografía
Arboleda Gómez, Rubiela (2009). El cuerpo: huellas del desplazamiento. El caso de Macondo. Medellín: Hombre Nuevo Editores.
Goffman, Erving (2003 [1963]). Estigma. Buenos Aires: Amorrortu.
Pujadas Muñoz, Juan José (1992). El método biográfico: El uso de las historias de vida en ciencias sociales. Madrid: Centro de Investigaciones Sociológicas.
RAE (Real Academia Española). Diccionario de la lengua española, 22a ed. [En línea] http://www.rae.es/rae.html.

¿Usted qué opina?

  1. reo que tiene unas buenas narraciones de mujeres amputadas de factor psicológico y humano pero veo falta una parte como nos ha caracterizado la sociedad con numero, y eso debe venir desde la colonización, mira no todos las personas tienen para conseguir una bella prótesis, ni que pueda estar en gimnasio o tener un terapeuta, por que cada prótesis es clasificada por números y tu agilidad para manejarla, aumenta cada ves mas sus costos por si tu muestras mayor actividad.

Revista Paso al Paso, 2021. ISSN: 2711-4783 (En línea)

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