Cuerpo, danza y confinamiento

Por: Sofía Sánchez

Fotografía cortesía de Pato sin charco

Desde hace algún tiempo comencé a observar lo particular de la relación que hemos aprendido a desarrollar con el cuerpo, tanto con el propio como con el ajeno. Se me ha hecho, cuando menos, curioso cómo algo tan cotidiano, tan íntimo y esencial se nos antoja a veces (por no decir siempre) tan ajeno, tan desconocido e incluso, en ocasiones, tan despreciable. ¿Por qué hemos construido esta relación con el cuerpo? O más aún ¿Por qué resulta tan incómodo cuando alguien decide construirla de otra manera?

En la búsqueda a la respuesta de estas preguntas, que no es única ni definitiva, comencé a darme cuenta que lo que podría ser un tema tan, aparentemente, superficial estaba atravesado por una cantidad de circunstancias sociales, educativas, religiosas, económicas, psicológicas, entre muchas otras que podrían ser tema inagotable. Pero que llevaban de alguna manera a una conclusión similar, la relación con el cuerpo es tan compleja que no podría atribuir el adjetivo de superflua.

Pensé entonces en devolver la mirada hacia mí, en delimitar las circunstancias en las que yo misma había construido mi relación con mi propio cuerpo a lo largo de los años, para intentar definir o al menos acercarme a todos aquellos factores que impactaban en algún sentido la edificación de dicha relación. Entre tantas posibles influencias la danza destacó con particularidad. No sólo por la relación inseparable que traza con el cuerpo, sino por la importancia que se le atribuye. Es el medio, el lenguaje, el mensaje en sí mismo.

La danza se había ofrecido como un canal de comunicación, tanto con mi cuerpo como con el del otro, más orgánico. Sin tanto pudor, con menos prejuicios. Permitiendo remover ese velo impuesto y dando paso a una mirada más sincera, más real y a su vez un poco más amable. Dio lugar a un reconocimiento del cuerpo desde la naturalidad, en dónde era posible nombrarlo, tocarlo, habitarlo sin que eso significara un atropello o un escándalo y más aún, sin tener esa urgencia constante de adjetivarlo.

El movimiento posibilitó valorar más sus capacidades, el logro de sus esfuerzos y la validez de sus flaquezas. Me planteó una convivencia más instintiva, una escucha más atenta a mis propias sensaciones, a darme cuenta como mi cuerpo estaba constantemente comunicándome algo, no solo al momento de bailar, sino en la cotidianidad. La tensión, la incomodidad y los dolores físicos en los que se traducían los períodos de estrés o angustia, la somatización que algunas veces se manifestaba para llamar al cuerpo a la calma y a la quietud que la mente necesitaba.

Aprendí a leerme a través del cuerpo. A observar cómo hay días en que es fácil sostenerse arriba y otros en los que necesitamos que el piso lo haga por nosotros, como en ocasiones el cuerpo pedía velocidad y en otras difícilmente quería salir de la quietud. Entender el carácter cambiante del movimiento fue también el medio para aceptar los cambios inevitables que atraviesa el cuerpo con el tiempo, me llevó al detalle, a observar cosas que antes ni siquiera notaba, dolores, reacciones, tensiones, secuelas de lesiones pasadas, pero también el placer de sacudirse, la sinergia del movimiento colectivo, el remanente de energía que retumba en el cuerpo.

Contrastando con personas a mi alrededor que no se movían constantemente, ya fuera a través del deporte o la danza misma, me di cuenta de que tendemos a no conocer nuestro propio cuerpo. Es algo que está ahí, tan a la mano, tan común, que nunca nos detenemos realmente a observarlo, a escucharlo. A no ser que algo ande mal y una enfermedad o una lesión nos obligue a prestarle atención, preferimos no hacerlo. Porque incomoda, porque es lo mundano, lo imperfecto y nos recuerda tanto la fragilidad como la animalidad con la que estamos hechos.

La llegada de la pandemia nos obligó a modificar por completo la cotidianidad que conocíamos. Paradójicamente nos ha forzado al cambio, justo para cuidar eso que por lo general preferíamos ignorar, el cuerpo. Eso, que era parte del paisaje, es ahora el primer tema de conversación. Los hábitos, las enfermedades, las preexistencias, ha pasado todo a primer plano. Ahora que nuestra normalidad depende de ello entonces hemos decidido que ya sí hay que hablar del cuerpo.

La pandemia realmente no ha traído nada que ya no se supiera ni de lo que ya no se hubiera hablado, sino que nos ha obligado a prestarle atención a lo que habíamos evitado ver. La vulnerabilidad del ser humano a la que habíamos intentado sobreponernos con todos los medios se ha impuesto para demostrarnos una vez más el poco control que tenemos y llamar la atención a la pésima organización de prioridades que manejamos.

El confinamiento supuso cambios sustanciales en muchos aspectos, y el cuerpo no se quedó por fuera de ellos. En mi caso, el encierro me llevó a hacerle frente a varios dolores que había escogido ignorar, había caído una vez más en la ignorancia de mi propio cuerpo sin darme cuenta, y la cuarentena llegó como un llamado a reenfocar la relación que tenía con este. El descanso y la quietud permitieron que en el momento en el que comencé a moverme otra vez (aún en confinamiento), el movimiento surgiera no solo de una manera más consciente sino más auténtica, más genuina.

Observé que, poco sentido tiene emprender una batalla con el cuerpo cuando no se comporta como quisiéramos, cuando se enferma, cuando se lesiona, cuando duele y no nos permite movernos como acostumbramos. Se hizo más claro que nunca como es el reflejo de lo que nos apaña a nivel mental y emocional, y que por más reiterativa que nos parezca esta cuestión, darle la libertad al cuerpo de que se mueva a su antojo conduce también a una descongestión de aquellos pensamientos que cuesta trabajo verbalizar. Los músculos se mueven y las emociones también.

Sin embargo, aún sabiéndolo necesario, hubo días en los que llevar el cuerpo a la danza costaba. El cansancio, el estrés, la incertidumbre, terminaban por ser paralizantes y agotadores. Llevando a la situación de tener que arrastrarse a uno mismo por el espacio con la motivación de encontrar al otro lado de la pantalla esas caras familiares y esos cuerpos conocidos que, aún en la distancia buscaban cercanía. Reafirmando en el silencio de las palabras pero en el hacer del cuerpo el impulso necesario, si no para danzar por lo menos para no quedarnos quietas y aún así hubo momentos en que mantenerse activa parecía una proeza.

Bailar en el espacio propio situó el encuentro con el movimiento en un contexto más íntimo. Tal vez de ahí se debiera la honestidad de la que hablo en cuanto al movimiento. Nos reconocemos a nosotros mismo en los espacios que habitamos y quizás al cuerpo le ocurra lo mismo, tanto la familiaridad de las paredes que nos rodean como la ausencia de la mirada ajena permiten el encuentro y la confrontación de lo que habita por debajo de la superficie, eso que solo nos permitimos ver a nosotros mismos.

La incomodidad invitaba también a la reformulación con el fin de la adaptación. En este caso, del cuerpo y de los caminos que traza para construir el movimiento con el obstáculo que supuso la reducción del espacio; adicional a la presencia modificable pero irreductible de los objetos a nuestro alrededor. La cama, el sofá, la mesa, el perro; obligaron irremediablemente a que el cuerpo encontrara nuevas maneras de moverse que la amplitud del espacio, que suele tener los salones de danza, no le exigían.

Llamó mucho mi atención que ahora nos escandalizamos por no podernos tocar pero antes el escándalo era justamente por lo contrario. Me sorprende la maleabilidad con la que permitimos que se construyan los parámetros bajo los que regimos nuestro cuerpo, depositando la responsabilidad de algo tan íntimo en lo externo. Una relación que debería plantearse desde lo propio se postula desde lo colectivo. Así como en este momento se nos impone por decreto una distancia obligatoria con el otro deberíamos saber también cuáles son esas normas que escogemos tener con nuestro cuerpo antes de las que deberían ser, ajenas, aprendidas.

Del confinamiento, del movimiento como rescate, pero también como escape, quisiera pensar que esta necesidad por cuidar el cuerpo no surgiera únicamente de la amenaza que representa la pandemia sino de la convicción propia de proteger y conocer aquello que nos pertenece. Ojalá la hipocresía a la que tendemos en sociedad no nos lleve a olvidarnos del cuerpo una vez todo esto haya menguado. Que nos reafirme el placer de sentir al otro, así como el del reconocimiento propio.

Con todo esto no busco romantizar lo cotidiano, ni idealizar lo humano sino por el contrario, construir una relación con el cuerpo desde la naturalidad, sin tantos prejuicios ni tapujos, sin hablar pasito ni a escondidas. Poner a un lado este velo del cuerpo alienado y entender que es un tema del que no solo podemos, sino que tenemos que hablar.

Por: Sofía Sánchez

Fotografía cortesía de Pato sin charco

Desde hace algún tiempo comencé a observar lo particular de la relación que hemos aprendido a desarrollar con el cuerpo, tanto con el propio como con el ajeno. Se me ha hecho, cuando menos, curioso cómo algo tan cotidiano, tan íntimo y esencial se nos antoja a veces (por no decir siempre) tan ajeno, tan desconocido e incluso, en ocasiones, tan despreciable. ¿Por qué hemos construido esta relación con el cuerpo? O más aún ¿Por qué resulta tan incómodo cuando alguien decide construirla de otra manera?

En la búsqueda a la respuesta de estas preguntas, que no es única ni definitiva, comencé a darme cuenta que lo que podría ser un tema tan, aparentemente, superficial estaba atravesado por una cantidad de circunstancias sociales, educativas, religiosas, económicas, psicológicas, entre muchas otras que podrían ser tema inagotable. Pero que llevaban de alguna manera a una conclusión similar, la relación con el cuerpo es tan compleja que no podría atribuir el adjetivo de superflua.

Pensé entonces en devolver la mirada hacia mí, en delimitar las circunstancias en las que yo misma había construido mi relación con mi propio cuerpo a lo largo de los años, para intentar definir o al menos acercarme a todos aquellos factores que impactaban en algún sentido la edificación de dicha relación. Entre tantas posibles influencias la danza destacó con particularidad. No sólo por la relación inseparable que traza con el cuerpo, sino por la importancia que se le atribuye. Es el medio, el lenguaje, el mensaje en sí mismo.

La danza se había ofrecido como un canal de comunicación, tanto con mi cuerpo como con el del otro, más orgánico. Sin tanto pudor, con menos prejuicios. Permitiendo remover ese velo impuesto y dando paso a una mirada más sincera, más real y a su vez un poco más amable. Dio lugar a un reconocimiento del cuerpo desde la naturalidad, en dónde era posible nombrarlo, tocarlo, habitarlo sin que eso significara un atropello o un escándalo y más aún, sin tener esa urgencia constante de adjetivarlo.

El movimiento posibilitó valorar más sus capacidades, el logro de sus esfuerzos y la validez de sus flaquezas. Me planteó una convivencia más instintiva, una escucha más atenta a mis propias sensaciones, a darme cuenta como mi cuerpo estaba constantemente comunicándome algo, no solo al momento de bailar, sino en la cotidianidad. La tensión, la incomodidad y los dolores físicos en los que se traducían los períodos de estrés o angustia, la somatización que algunas veces se manifestaba para llamar al cuerpo a la calma y a la quietud que la mente necesitaba.

Aprendí a leerme a través del cuerpo. A observar cómo hay días en que es fácil sostenerse arriba y otros en los que necesitamos que el piso lo haga por nosotros, como en ocasiones el cuerpo pedía velocidad y en otras difícilmente quería salir de la quietud. Entender el carácter cambiante del movimiento fue también el medio para aceptar los cambios inevitables que atraviesa el cuerpo con el tiempo, me llevó al detalle, a observar cosas que antes ni siquiera notaba, dolores, reacciones, tensiones, secuelas de lesiones pasadas, pero también el placer de sacudirse, la sinergia del movimiento colectivo, el remanente de energía que retumba en el cuerpo.

Contrastando con personas a mi alrededor que no se movían constantemente, ya fuera a través del deporte o la danza misma, me di cuenta de que tendemos a no conocer nuestro propio cuerpo. Es algo que está ahí, tan a la mano, tan común, que nunca nos detenemos realmente a observarlo, a escucharlo. A no ser que algo ande mal y una enfermedad o una lesión nos obligue a prestarle atención, preferimos no hacerlo. Porque incomoda, porque es lo mundano, lo imperfecto y nos recuerda tanto la fragilidad como la animalidad con la que estamos hechos.

La llegada de la pandemia nos obligó a modificar por completo la cotidianidad que conocíamos. Paradójicamente nos ha forzado al cambio, justo para cuidar eso que por lo general preferíamos ignorar, el cuerpo. Eso, que era parte del paisaje, es ahora el primer tema de conversación. Los hábitos, las enfermedades, las preexistencias, ha pasado todo a primer plano. Ahora que nuestra normalidad depende de ello entonces hemos decidido que ya sí hay que hablar del cuerpo.

La pandemia realmente no ha traído nada que ya no se supiera ni de lo que ya no se hubiera hablado, sino que nos ha obligado a prestarle atención a lo que habíamos evitado ver. La vulnerabilidad del ser humano a la que habíamos intentado sobreponernos con todos los medios se ha impuesto para demostrarnos una vez más el poco control que tenemos y llamar la atención a la pésima organización de prioridades que manejamos.

El confinamiento supuso cambios sustanciales en muchos aspectos, y el cuerpo no se quedó por fuera de ellos. En mi caso, el encierro me llevó a hacerle frente a varios dolores que había escogido ignorar, había caído una vez más en la ignorancia de mi propio cuerpo sin darme cuenta, y la cuarentena llegó como un llamado a reenfocar la relación que tenía con este. El descanso y la quietud permitieron que en el momento en el que comencé a moverme otra vez (aún en confinamiento), el movimiento surgiera no solo de una manera más consciente sino más auténtica, más genuina.

Observé que, poco sentido tiene emprender una batalla con el cuerpo cuando no se comporta como quisiéramos, cuando se enferma, cuando se lesiona, cuando duele y no nos permite movernos como acostumbramos. Se hizo más claro que nunca como es el reflejo de lo que nos apaña a nivel mental y emocional, y que por más reiterativa que nos parezca esta cuestión, darle la libertad al cuerpo de que se mueva a su antojo conduce también a una descongestión de aquellos pensamientos que cuesta trabajo verbalizar. Los músculos se mueven y las emociones también.

Sin embargo, aún sabiéndolo necesario, hubo días en los que llevar el cuerpo a la danza costaba. El cansancio, el estrés, la incertidumbre, terminaban por ser paralizantes y agotadores. Llevando a la situación de tener que arrastrarse a uno mismo por el espacio con la motivación de encontrar al otro lado de la pantalla esas caras familiares y esos cuerpos conocidos que, aún en la distancia buscaban cercanía. Reafirmando en el silencio de las palabras pero en el hacer del cuerpo el impulso necesario, si no para danzar por lo menos para no quedarnos quietas y aún así hubo momentos en que mantenerse activa parecía una proeza.

Bailar en el espacio propio situó el encuentro con el movimiento en un contexto más íntimo. Tal vez de ahí se debiera la honestidad de la que hablo en cuanto al movimiento. Nos reconocemos a nosotros mismo en los espacios que habitamos y quizás al cuerpo le ocurra lo mismo, tanto la familiaridad de las paredes que nos rodean como la ausencia de la mirada ajena permiten el encuentro y la confrontación de lo que habita por debajo de la superficie, eso que solo nos permitimos ver a nosotros mismos.

La incomodidad invitaba también a la reformulación con el fin de la adaptación. En este caso, del cuerpo y de los caminos que traza para construir el movimiento con el obstáculo que supuso la reducción del espacio; adicional a la presencia modificable pero irreductible de los objetos a nuestro alrededor. La cama, el sofá, la mesa, el perro; obligaron irremediablemente a que el cuerpo encontrara nuevas maneras de moverse que la amplitud del espacio, que suele tener los salones de danza, no le exigían.

Llamó mucho mi atención que ahora nos escandalizamos por no podernos tocar pero antes el escándalo era justamente por lo contrario. Me sorprende la maleabilidad con la que permitimos que se construyan los parámetros bajo los que regimos nuestro cuerpo, depositando la responsabilidad de algo tan íntimo en lo externo. Una relación que debería plantearse desde lo propio se postula desde lo colectivo. Así como en este momento se nos impone por decreto una distancia obligatoria con el otro deberíamos saber también cuáles son esas normas que escogemos tener con nuestro cuerpo antes de las que deberían ser, ajenas, aprendidas.

Del confinamiento, del movimiento como rescate, pero también como escape, quisiera pensar que esta necesidad por cuidar el cuerpo no surgiera únicamente de la amenaza que representa la pandemia sino de la convicción propia de proteger y conocer aquello que nos pertenece. Ojalá la hipocresía a la que tendemos en sociedad no nos lleve a olvidarnos del cuerpo una vez todo esto haya menguado. Que nos reafirme el placer de sentir al otro, así como el del reconocimiento propio.

Con todo esto no busco romantizar lo cotidiano, ni idealizar lo humano sino por el contrario, construir una relación con el cuerpo desde la naturalidad, sin tantos prejuicios ni tapujos, sin hablar pasito ni a escondidas. Poner a un lado este velo del cuerpo alienado y entender que es un tema del que no solo podemos, sino que tenemos que hablar.

¿Usted qué opina?

    • Ana Elisa
    • 22 agosto, 2021
    Responder

    Excelente!!!

Revista Paso al Paso, 2021. ISSN: 2711-4783 (En línea)

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