Por: María Sara Villa

*Reproducimos íntegramente este relato, enviado por la coreógrafa de Elegía para los hombres que aún viven a dos amigas íntimas (y a la Revista Paso al Paso), en el cual dibuja un panorama político, personal y artístico de la ciudad donde surgió dicha obra. Todos los hechos y opiniones aquí expuestos son responsabilidad de la autora.

Eramos una manada de bailarines en la escuela de ballet de Silvia Rolz. Sírvanse un vaso de vino o háganse un tecito y le cuento la historia.

Hoy cumplo 56 años. Hace unos meses se hicieron 30 años desde que mi papá fue secuestrado y que nunca volvió. O sea que hace mas de media vida que vivo lejos de mi tierra natal.

Hoy me conmueve profundamente abrir la Revista Paso al Paso. Ver que a pesar del paso del tiempo, ustedes han seguido bailando. Para citar a Mercedes Sosa, “desahuciado es el que tiene que marcharse, a vivir una cultura diferente.” También, “Partir es morir un poco.”

Siempre pensé que al irme de Colombia algo murió en mí. Dejé de bailar por muchos años. Pensé que ustedes también lo habían hecho. A pesar de la violencia que yo deje atrás, ustedes se quedaron a seguir luchando. A seguir bailando.

Prométanme una cosa: nunca dejarán de bailar.

Eramos un grupo de niñas que nos gustaba bailar. O al menos a nuestros papas les parecía importante que tomáramos clases de ballet. Y nuestros padres podían pagarle estas clases a Sylvia Rolz. Fueron pasando los años de bachillerato y nos fuimos poniendo buenas en la disciplina de danza. Sylvia era una profesora fabulosa, seria en su compromiso. Se iba a Estados Unidos todas las vacaciones a tomar clases con otra gente. Volvía con nuevas técnicas, nueva música, todo inspiración para que siguiéramos bailando.

Eran un grupo de casi todos muchachos quienes no tenían padres quienes pudieran pagar clases de ballet en El Poblado. Venían en bus desde lejos, después de trabajar sus trabajos todo el día. Eran Fernando Zapata, Dario Parra, John Jairo Echavarria, Edgar… Cómo es que se me olvidan los nombres, pero como los tengo marcados en el corazón por siempre! Estos eran los “becados” para Sylvia y eran puro corazón, puras ganas de bailar, contra viento y marea, contra todo lo que les decían que no podían bailar por ser hombres.

Fuimos creciendo con Sylvia. La clase de 6:30 a 8:00 ya era un grupo grande. Sabíamos bailar en punta y lo hacíamos bien. Cada año Sylvia organizaba una presentación para el final del año. Cada año se hacia un poco mas tenaz, si con las chiquitas haciendo cosillas sencillas, pero cada año con obras un poco mas complicadas. La obra maestra fue Sere- nata de Tchaikoskvy. En ese entonces yo creía que Sylvia era la mejor coreógrafa del mundo. Qué obra! Qué hermo- sura! Cómo era posible que ella se había imaginado todo eso! Años después entendí que ella simplemente tomo un betamax, un cassette de esos de hace todos esos años, se sentaba a mirarlo horas enteras, tomaba notas y llegaba al estudio —llena de emoción— y nos impartía esa belleza. Llámese plagio. Yo lo llamo la habilidad de ayudar a un

grupo de bailarines de un país donde no había danza, la oportunidad de sumergirse en el genio de Balanchine y soñar por unas horas que éramos nada mas y nada menos que el New York City Ballet. Cómo recuerdo esa presentación! Esa música! Como nos sentíamos como bailarinas de verdad haciendo pas de duex con los muchachos! Cómo nos sen- tíamos invencibles bailando en punta!

A raíz de ese amor por la danza que Silvia me regaló, yo quise hacer carrera de danza. Tuve la oportunidad de irme a Estados Unidos a vivir con mi abuelos. Tuve la oportunidad de hacer un semestre en la George Washington University en la capital de ese país. Me sumergí en un programa de Edu- cación para la danza. Tomé clases de ballet, de historia de la danza, anatomía, danza contemporánea, Notación Laban, etc, etc. Con 18 créditos encima, fue una experiencia extra- ordinaria. También me quedaba a la vuelta de la esquina de la universidad el fabuloso Kennedy Center. Me volaba entre clases para su biblioteca donde me perdía viendo videos y li- bros fabulosos sobre cualquier compañía de danza que jamás haya existido.

Ese verano la vida me regaló el poder ir al famoso “American Dance Festival.” Ese año este evento cumplía 50 años des- de sus comienzos, sus comienzos cuando Martha Graham corría descalza y lo llamaba danza. Seis semanas de puro recluso. Seis semanas de tomar clases todo el día y por la noche ir a las mejores presentaciones del danza contem- poránea del mundo: Twayla Tharp, Merce Cunningham, Mark Morris y muchas, muchas más. Tener la experiencia de ver a estos grandes bailarines bailando en escena y después toparse con ellos al día siguiente mientras se servían un café.

Eran de carne y hueso y ellos también sentían hambre, sed y calor! No eran dioses. Eran personas comunes y corrientes como yo.

En medio de todo esto me apremiaba una sensación: todo lo que estaba viendo, mis bailarines paisa adorados ya lo hacían. Estaba dentro de ellos y lo hacían en una forma totalmente orgánica, sin necesidad de nombres complicados como los que los gringos le querían poner a todo. Valiente gracia! Ahí en Washington, una colaboración entre músicos, bailarines, teatro y escenografía era uy, que cosa tan complicada, démosle el nombre de “Happening” y “Collaboration”. Y qué fue lo que se hizo en Medellín pues? Carmina Burana juntando Escuela de Teatro de la Universidad de Antioquia, bailarines de Silvia, Orquesta Filarmónica de Medellín, Estudio Polifónico, Es- cuela de Diseño de la Bolivariana. Pues todo un Happening y además con sabor paisa, que los gringos no logran agregar.

Así pues que me hacía falta mi tierra, mis bailarines, me mamaba de los gringos y me daba por regresarme a Medellín. Y cuando me cansaba de la falta de disciplina de los paisas, y con esos talentos que se gastaban, me largaba otra vez para gringolandia.

No sé cual fue el orden cronológico de cómo ocurrieron estas cosas. Pero de las cosas lindas que recuerdo, después de los años con Silvia Rolz, recuerdo lo siguiente.

Darío Parra, que no dejaba que las montañas del Valle del Aburrá le cerraran su conocimiento de todo lo que pasaba en danza en el mundo (se iba para el Colombo Americano y se leía de pe a pa las revistas de Dance Magazine) también se mantenía al tanto de que pasaba en Medellín. Silvia y su fuerte en los adagios no le era suficiente, y ni corto ni perezoso se iba para donde Leonor y Kiril Pykieris a tomar clases allá también. Por ahí se enteró de que un tal Peter Palacios estaba recién llegado a Medellín y que estaba dando clases en un estudio. Así que terminábamos clase de moderno que Silvia por las mañanas, nos tomábamos un jugo de guanábana con un pandebono en la tienda de la esquina, llenábamos mi carrito —el volkswagen viejo de mis papás— de bailarines, como si fuéramos payasos de un circo, y nos subíamos “la 10” hasta el estudio donde estaba dando clases Peter. Nos sacaba la leche. Con su inigualable pasión y su delicioso acento costeño, nos hacía sudar a chorros pidiéndonos más apretado el tendu, más alto el salto, más arriba la pierna. Salíamos de allá mamados pero felices.

Pues que Silvia se entera de que todo su grupo de bailarines, a quien ella llevaba años puliendo y formando, estaban tomando clases de ballet con Peter Palacios. Válgame Dios, nos cayó el regaño de la vida. Yo trataba de explicarle que él había bailado con el Ballet de Tampa. Y ella me justificaba que no teníamos nada que ir a hacer allá. No sé que tanto tiempo nos quedamos haciendo clases con el. Pero lo que sí recuerdo, también como pasaba en esos años de narcos, mafia, plata fácil, sea lo que sea, las personas que tenían dinero para financiar arte tenían algo raro.

Pero recuerdo que Mónica Bustamente fué la primera en apuntarse. Como que tuvieron muchas noches de mucho éxito pero este cuento se lo tienen que pedir a otras personas.

Estábamos todos sedientos de algo diferente a ballet clásico, y aunque Silvia nos daba muy buenas clases en técnica Graham, nos hacia falta algo concreto que nos inspirara. Por eso días llegó a Medellín el Ballet de Montpelier de Francia. Se presentaron dos noches y no nos perdimos ni un momento. Dario, quien quería sumergirse completamente en la vida de bailarines que solo eran fotos en revistas, logró que nos invitaran a una cena después de la presentación. Recuerdo a Dario enternecido por ver cómo comían! “Hasta limpian el plato con el pan!” Me decía Dario, dándose cuenta que sus dioses eran de carne y hueso. De la misma manera, eran personas que se enamoraban.

Unos meses más tarde después de la venida de los franceses, Dario Parra me comentó que en el Museo de Arte Moderno se iba a presentar un tal Jorge Holguin con algo llamado “Danza Teatro.” Como nos pegábamos de todo lo que nos pudiera nutrir nuestro sed de danza, nos fuimos todos en patota para esa presentación. Yo quede muda. No podía creer que ahi en nuestro pequeño valle estuviéramos viendo danza del calibre de lo que yo veía en Estados Unidos. O talvez no el calibre sino el yo-no-se-qué de poder decirle adios al bal- let clásico y el poder usar una disciplina y un vocabulario adquirido por la danza moderna y clásica para lograr cosas aun más bellas. Me conmovió profundamente sentir que mis bailarines adorados estuvieran pudiendo ver las cosas que yo me soñaba que pudieran ver, para así lograr darle rienda suelta a sus creatividades.

Llegué a casa a contarle a mi mamá, y ella que siempre le encantaba encontrar conexiones de familias, se dio cuenta que Jorge Holguín sería primo tercero mío. Con esto metido en el corazón que emoción me dio saber que el tal primo iba a —no solo haberse presentado— sino que iba a ofrecer toda una semana de taller de danza en la nueva sede del Museo de Arte Moderno, una casona hermosa, vacía, toda para nosotros, en el centro de Medellín.

De nuevo, en patota, nos fuimos todos. Y de nuevo como si fuéramos la pandilla que éramos, nos tomamos esa casa. Junto a los “bailarines de Silvia” se juntaron personas lindas en música como Pilar Posada y Tita Maya. A todos nos puso a bailar. Jorge tenía el don de usar “pedestrian movement” con cualquier pelagato y hacerlos sentir como todos unos bailarines.

El final de ese taller se hizo una presentación ahí mismo. Los pesados en el arte moderno lo llamaron un “Happening.” Yo lo único que sé es que gozamos como unos enanos. Jorge, con su magia, llenó todos los espacios de esta casa —el gran salón, las escaleras mágicas al segundo piso, un ar- mario vacío al final del corredor, la cocina con algunas ollas que dejaron, el patio de atrás— cada espacio se volvió un lienzo para que cada uno de nosotros pintara danza sobre el. Fue una experiencia inolvidable e irreproducible.

Durante mi tiempo en Washington conocí a una profesora de danza hermosa. Cuando supo que yo era de Colombia, me dijo simplemente, “I want to go there to teach.” Quedamos en comunicación —las cartas por correo que se escribían en esa época— y mis papás, mecenas para el arte sin que yo me diera cuenta de lo que hacían hasta ahora ser una vieja y saber todo lo que eso implicaba —alojaron a Sharon Wyrrick en la casa. De nuevo, los bailarines absorbieron todo lo que pudieron de esta bella mujer. El salón de la casona donde habíamos hecho el taller con Jorge, se volvió de nuevo es- cuela de danza. Trabajamos infatigablemente un par de semanas. Y al final de eso, hicimos presentación. Recuerdo que Elsa Borrero le decía a todo el mundo: “Vayan, vayan a verlos! Se reivindicaron!” Pasaba pues que como en el montaje de Carmina Burana pusieron a los de teatro de mallas también. Y “los bailarines” quedaron todos en el mismo costal —los que teníamos buena técnica y los de teatro que… bueno, sabían actuar pero no bailar! Sharon presentó varios de sus solos hermosos y nos coreografió dos obras. Cuando se nos fue, y subimos todos a despedirnos de ella en el aeropuerto de Rionegro, le bailábamos frases al otro lado del cristal mientras ella entraba a su avión. A ella, y a nosotros, nos chorreaban las lágrimas.

Jorge vivía en Dinamarca. Yo me seguí escribiendo con él. Ya les dije que éramos primos. Pero no les he dicho que me dio la traga más horrible del mundo por él. No me importaba que la gente me dijera que él era del otro equipo. Yo, en mi corazón enamorado, estaba segura que lograría conquistarlo. Las carta que nos escribíamos eran solo sobre danza, pero para mí, eso era una entrada.

En uno de esos arranques que me dio de desespero por dejar a Medellín, me encontré en Boston, dizque porque iba a estudiar en el conservatorio de ahí. Me importaba un pepino que el programa de danza era puro ballet clásico. Pensaba que ahí iba a cuadrar. Pero la vida tiene una forma linda de burlarse de uno. Recibí una carta de Jorge invitándome a un concurso de danza en Paris. Me pedía que si podría reunir a un grupo de bailarines paisas. Quería hacer algo con la leyenda de «La Patasola». Mi hermano se iba a casar en Diciembre y, esto, junto con la posibilidad de ir a Paris con Jorge, rapidito me hizo regresar a Medellín.

Jorge llegó en Enero, y empezamos a trabajar. Se animaron Mónica Bustamante, Fernando Zapata, Gustavo Llano y yo. Eramos cuatro y Jorge nos hacía coreografía. Maria Elena Uribe —pintora, hizo el telón y el vestuario. El mío era un vestido de novia hecho trizas. Mónica estaba cubierta en barbas de los árboles de mi casa, siendo la madre selva. Gustavo y Fernando estaban casi en taparrabos.

Estuvo casi lista la obra y así la presentamos en el Teatro de la Universidad de Medellin. Jorge agregó sus solos maravillosos, y a Fernando le enseñó el bellísimo solo con la música de Claro de Luna de Beethoven. Habiendo hecho toda una premiere en Medellín, estábamos listos para Paris.

Llegamos en medio del invierno. Gris. Frio. A hotels chiquiticos. Sin saber gota del idioma. Una amiga de Jorge nos consiguió un estudio por allá en no sé que horrible vecindario. Era básicamente el segundo piso de un tugurio francés. Helado y sin baño. Teníamos que ir a pipisiar afuera, y la pobre Mónica que sufría de estreñimiento, nos hizo llorar no sé si de la risa o de la tristeza al describirnos como trato de hace popó sin lograrlo “por ese frio tan verraco.” “Se me congelaron hasta las guevas,” agregaba. Y para colmo de males, cada que saltábamos en los ensayos, se oía lo malacorosa voz del dueño de abajo: “Sauté pas!”

Nuestro grupo era uno de entre como 50. Nos tocaron varios días de estar sentados en el auditorio viendo cosas horribles y absurdas. Una vieja fumando durante 15 minutos. Eso era danza? Otras cosas si bellas. Y finalmente nos tocó a nosotros. Ah, no les he contado que esto no era “Paris.” El tal teatro donde se estaba haciendo este concurso había sido un circo! No les miento. “Cirque d’Hiver.” Helado a morir. Lleno de fotos de payasos. Todavía olía a pipí de elefante. Pero en fin. Una vez en el escenario, todo esto se desvaneció y le trajimos a estos parisienses la leyenda de La Patasola.

Por ahí hay una carta que Jorge le escribió a mis papás donde les explicaba que —después de ver tanto bailarín como maquinas— apenas aparecimos en el escenario nosotros, verdaderamente bailarines de carne y hueso, se conmovió tanto y se le llenaron los ojos de tantas lágrimas, que no lograba darle los cambios de luces al técnico. Yo solo recuerdo esa sensación tan bella de estar en ese espacio frio, que de repente se lleno de trópico, bailando con esos otros tres paisas bellos.

Creo que de los 50 grupos “ganaron” 10. Nosotros quedamos de 11avos. La tia de Jorge nos decía que eso era “por dejar la plata de los premios en Paris.” Yo no hablo francés, pero mis papás me decían que la carta que Jorge les compartió escrita por el director del concurso, decía entre lineas que nosotros habíamos sido uno de sus grupos favoritos.

Pero todo llega a su fin y nos encontramos los cinco sin destino en Paris. Yo agarre para Londres, buscando otros horizontes en danza ahí. Jorge se regresó a Dinamarca, Mónica cogió un tren hacia Alemania donde tenía una conocida y Gustavo y Fernando se regresaron a Medellín. Habíamos viajado muy lejos para solo darnos cuenta que la danza estaba dentro de nosotros. Lo que habíamos visto hecho supuestamente mejor de lo que nosotros podíamos hacer por ser “del extranjero” no se acercaba a lo que nosotros ya lográbamos.

Me quedé en Londres más o menos un año. Trabajé limpiando casas y cuidando niños. Trataba de tomar clases de danza contemporánea todas las mañanas. Tuve unos profesores excelentes. También traté de aprovechar cuanto concierto, galería, teatro callejero que se ma atravesaba en esa gran ciudad. Y también me llegó un regalo muy grande. Conocí El Método Feldenkrais. Me cautivó totalmente. Mi técnica en danza mejoró como nunca lo había hecho. Sentí cambios profundos en mí. Y decidí hacer de esto mi carrera.

Siendo ciudadana americana se me hacía mas fácil vivir y poder trabajar “por encima de la mesa” en Estados Unidos. La vida me volvió a llevar a Washington y ahí hice mis estudios de Feldenkrais. Me hospedaba en la casa de nada más y nade menos que Pili Restrepo. Eramos hermanitas y vivimos felices.

Una mañana de verano me llegó le terrible noticia del secuestro de mi papá. Termine mis estudios de Feldenkrais y rapidito me regresé a Medellín. Y al estudio de danza a usar mi danza adorada y sanadora para procesar la angustia, el temor, el desespero de lo que mi familia vivía.

Pasaron los meses y se hizo claro que mi papá no iba a regresar a casa. Ya no vivía. Si no fuese por la danza, yo también siento que hubiera muerto. Seguí trabajando en coreografía. Tristemente por esos mismos meses Jorge también murió. Y con él como mi profesor de siempre, estaba ahi presente en el estudio conmigo, siempre guiándome. “Cámbiale la dirección a esa frase,” lo escuchaba decirme. “Quítale ese pedazo que no funciona bien,” agregaba. Y así poco a poco iba creciendo “Elegía para un hombre que aún vive.”

De vez en cuando me encontraba con Dario Parra y Dorita Arias en el area de gimnasia olímpica en el Velódromo de Laureles (no les he presentado a Dorita ¿Se acuerdan del Museo de Arte Moderno? Pues Dorita era secretaria ahi. El virus del amor por la danza se lo transmitió Jorge en ese primer evento ¡Y de ahí en adelante se puso de qué juicio a tomar cuanta clase podía y se volvió una bailarina del carajo!) En una de esas mañanas en las que nos las pasamos bailando, con música en un puro cassette, estábamos jugando con El Mesías de Handel. Dario, un estudioso consumado de no solo ballet clásico sino música clásica tenía el sueño de coreografiar todo El Mesías! Pues ni corto ni perezoso, ya había empezado con la obertura. Y una de esas mañanas el cassette siguió hasta el Aleluya y ese también nos lo bailamos, improvisando como unos locos, felices, sudando puro amor por el movimiento.

Sin yo recordar, también había grabado en ese cassette “El Adagio de Barber.” Me encontraba tirada en el suelo descansando. Al empezar esa música sentí la ola de angustia por lo que mi familia vivía. Me transporté a donde estaba detenido mi papá y con movimiento me volví él. Era él, pero era yo su hija quien tanto adoraba. Barber me ayudó a exorcizar ese dolor. Cuando se terminó, me volteé y vi a Dario y Dorita, sentados en un rincón, con lágrimas chorriándoles por la cara.

¿Entonces qué se ve en el video de “Elegia para los hombres que aún viven”? ¿Qué se ve en ese video filmado rápidamente, tan solo como recuento en la noche de la presentación, sin tiempo para editar algo mejor? Es el producto de un grupo de personas que se juntaron para expresar durante esos años difíciles de 1989, 1990, años de bombas por doquier, regalos de Pablo Escobar; años difíciles que cuando yo le hablé sobre mi proyecto a “La Mona Gonzales” —en esa época administradora de La Filarmónica, y como ella se llamaba a si misma, “administradora de sueños”-, me ayudó de que manera con esto.

Ya no recuerdo muy bien cómo fue que se fue dando todo. Pero lo que fue para mí una pieza central de “Elegía”, una memoria para mi papá, se fue creciendo con otras personas que lo amaban y también estaban aterrados y atónitos por su secuestro, y necesitaban agregar sus palabras con música y gesto.

¿Qué se ve en Elegia?

Rodrigo Saldarriaga haciendo el solo de Becket porque mi papá apoyaba todo lo que fuera arte en Medellin y Rodrigo adoraba a mi papá. (En el artículo de Paso al Paso esta sección no está por motivos de peso digital.)

El Estudio Polifónico cantando porque mi papá tenía la voz mas bella de bajo.

El solo de Dario con la obertura del Mesías. El principio de lo que el soñaba fuera una obra larga. QEPD, Dario precioso, allá en el cielo lo estas haciendo.

Dario y Dorita que se sollaron un dueto que encontraron en un video de un coreógrafo Canadiense y lo adaptaron a la paisa.

Yo recordando a Jorge. Encontré vainas que él usaba en sus coreografías, por allá refundidas en el cuarto de reblujo de la casa de mis papás. Las desempolve y le di las gracias.

Monica Fabriaz quien hacía mas que todo teatro y expresión corporal. Ella y yo hicimos un dueto y se lució ella como coreógrafa.

El Adagio de Barber, mi solo, la soledad de mi papá en cautiverio.

Y como adoro a Bach, tuve que meter una súplica con su Donna Nobis Pacem de La Misa en Si Menor ¡Diosito lindo, mándanos paz por favor!

Y para terminar la noche, la obra central. Mezclando texto y movimiento traté de pintar la dicotomía entre el elevamiento de la clase alta de Colombia, sin darse cuenta de lo que el pueblo trabaja y sufre. (De nuevo, lástima que la grabación no es la mejor, pero espero que capte lo esencial.)

Fernando Zapata con su voz fabulosa de actorazo.

Linda (quien tampoco conocían pero Dario se la trajo de bailar puro ballet con los Pikieris a bailar moderno con Silvia).

Roberto Nava, puro amor por la danza, contra toda la familia denegándolo por bailar, se hizo bailarín.

Dorita, preciosa. Punto.

Y hacia el final entre yo, leyendo un texto escrito por mi hermano. Mi hermano que nunca expresa nada pero que el secuestro de su padre lo hizo escribir.

Los niños de la urbanización donde vivíamos, los niños que mi papá había visto crecer, entraron con velitas, mientras que el Coro Tonos Humanos, con quienes cantaban mis padres, entraron cantando una de las obras favoritas de él.

Unos días antes de la presentación, La Mona Gonzales me advirtió: “No esperemos mucho público. Recuerda que esto de las bombas está tenaz y la gente no esta saliendo de noche”. La mañana de la presentación faltaban mil detalles, y yo ya agotada de meses de trabajo y de angustia, me tire al piso del escenario del Teatro Pablo Tobón a llorar. “Papi, esto ya te lo paso a ti. Allá donde estás tú ahora, mueve las cosas para que todo salga bien,” le pedí.

Unos minutos antes de las 7:30, hora de empezar la presentación, me paseaba por los camerinos, viendo a ver si todos estaban listos. Y eso que entra La Mona con lágrimas en los ojos. “Usted a qué santo le rezó, no podemos empezar, tengo un gentío allá afuera haciendo fila todavía!”

Fué una noche hermosa. Todo salió perfecto. La gente me agradecía por haber expresado lo que todo el mundo necesitaba decir.

A los pocos días acompañé a mi novio, ahora mi esposo hermoso y compañero de vida desde ese entonces, a un almacén de bicicletas. Detrás de un escritorio me dice una secretaria, en ese acento paisa melodioso y único: “Ay, oiga, usted no fue la que bailó el otro día en el Pablo Tobón. Ay, oiga, ¡eso fue tan bonito!” Si a una secretaria le había tocado el alma la danza, sentí haber cumplido mi misión.

Si hoy, 30 años mas tarde, un grupo de bailarinas lindas en Medellin recopilan este material y lo ofrecen a mas personas quienes adoran la danza, porque sienten que tiene valor, ya hice mi trabajo. Si mañana muero, ya lo podré hacer en paz.

Por: María Sara Villa

*Reproducimos íntegramente este relato, enviado por la coreógrafa de Elegía para los hombres que aún viven a dos amigas íntimas (y a la Revista Paso al Paso), en el cual dibuja un panorama político, personal y artístico de la ciudad donde surgió dicha obra. Todos los hechos y opiniones aquí expuestos son responsabilidad de la autora.

Eramos una manada de bailarines en la escuela de ballet de Silvia Rolz. Sírvanse un vaso de vino o háganse un tecito y le cuento la historia.

Hoy cumplo 56 años. Hace unos meses se hicieron 30 años desde que mi papá fue secuestrado y que nunca volvió. O sea que hace mas de media vida que vivo lejos de mi tierra natal.

Hoy me conmueve profundamente abrir la Revista Paso al Paso. Ver que a pesar del paso del tiempo, ustedes han seguido bailando. Para citar a Mercedes Sosa, “desahuciado es el que tiene que marcharse, a vivir una cultura diferente.” También, “Partir es morir un poco.”

Siempre pensé que al irme de Colombia algo murió en mí. Dejé de bailar por muchos años. Pensé que ustedes también lo habían hecho. A pesar de la violencia que yo deje atrás, ustedes se quedaron a seguir luchando. A seguir bailando.

Prométanme una cosa: nunca dejarán de bailar.

Eramos un grupo de niñas que nos gustaba bailar. O al menos a nuestros papas les parecía importante que tomáramos clases de ballet. Y nuestros padres podían pagarle estas clases a Sylvia Rolz. Fueron pasando los años de bachillerato y nos fuimos poniendo buenas en la disciplina de danza. Sylvia era una profesora fabulosa, seria en su compromiso. Se iba a Estados Unidos todas las vacaciones a tomar clases con otra gente. Volvía con nuevas técnicas, nueva música, todo inspiración para que siguiéramos bailando.

Eran un grupo de casi todos muchachos quienes no tenían padres quienes pudieran pagar clases de ballet en El Poblado. Venían en bus desde lejos, después de trabajar sus trabajos todo el día. Eran Fernando Zapata, Dario Parra, John Jairo Echavarria, Edgar… Cómo es que se me olvidan los nombres, pero como los tengo marcados en el corazón por siempre! Estos eran los “becados” para Sylvia y eran puro corazón, puras ganas de bailar, contra viento y marea, contra todo lo que les decían que no podían bailar por ser hombres.

Fuimos creciendo con Sylvia. La clase de 6:30 a 8:00 ya era un grupo grande. Sabíamos bailar en punta y lo hacíamos bien. Cada año Sylvia organizaba una presentación para el final del año. Cada año se hacia un poco mas tenaz, si con las chiquitas haciendo cosillas sencillas, pero cada año con obras un poco mas complicadas. La obra maestra fue Sere- nata de Tchaikoskvy. En ese entonces yo creía que Sylvia era la mejor coreógrafa del mundo. Qué obra! Qué hermo- sura! Cómo era posible que ella se había imaginado todo eso! Años después entendí que ella simplemente tomo un betamax, un cassette de esos de hace todos esos años, se sentaba a mirarlo horas enteras, tomaba notas y llegaba al estudio —llena de emoción— y nos impartía esa belleza. Llámese plagio. Yo lo llamo la habilidad de ayudar a un

grupo de bailarines de un país donde no había danza, la oportunidad de sumergirse en el genio de Balanchine y soñar por unas horas que éramos nada mas y nada menos que el New York City Ballet. Cómo recuerdo esa presentación! Esa música! Como nos sentíamos como bailarinas de verdad haciendo pas de duex con los muchachos! Cómo nos sen- tíamos invencibles bailando en punta!

A raíz de ese amor por la danza que Silvia me regaló, yo quise hacer carrera de danza. Tuve la oportunidad de irme a Estados Unidos a vivir con mi abuelos. Tuve la oportunidad de hacer un semestre en la George Washington University en la capital de ese país. Me sumergí en un programa de Edu- cación para la danza. Tomé clases de ballet, de historia de la danza, anatomía, danza contemporánea, Notación Laban, etc, etc. Con 18 créditos encima, fue una experiencia extra- ordinaria. También me quedaba a la vuelta de la esquina de la universidad el fabuloso Kennedy Center. Me volaba entre clases para su biblioteca donde me perdía viendo videos y li- bros fabulosos sobre cualquier compañía de danza que jamás haya existido.

Ese verano la vida me regaló el poder ir al famoso “American Dance Festival.” Ese año este evento cumplía 50 años des- de sus comienzos, sus comienzos cuando Martha Graham corría descalza y lo llamaba danza. Seis semanas de puro recluso. Seis semanas de tomar clases todo el día y por la noche ir a las mejores presentaciones del danza contem- poránea del mundo: Twayla Tharp, Merce Cunningham, Mark Morris y muchas, muchas más. Tener la experiencia de ver a estos grandes bailarines bailando en escena y después toparse con ellos al día siguiente mientras se servían un café.

Eran de carne y hueso y ellos también sentían hambre, sed y calor! No eran dioses. Eran personas comunes y corrientes como yo.

En medio de todo esto me apremiaba una sensación: todo lo que estaba viendo, mis bailarines paisa adorados ya lo hacían. Estaba dentro de ellos y lo hacían en una forma totalmente orgánica, sin necesidad de nombres complicados como los que los gringos le querían poner a todo. Valiente gracia! Ahí en Washington, una colaboración entre músicos, bailarines, teatro y escenografía era uy, que cosa tan complicada, démosle el nombre de “Happening” y “Collaboration”. Y qué fue lo que se hizo en Medellín pues? Carmina Burana juntando Escuela de Teatro de la Universidad de Antioquia, bailarines de Silvia, Orquesta Filarmónica de Medellín, Estudio Polifónico, Es- cuela de Diseño de la Bolivariana. Pues todo un Happening y además con sabor paisa, que los gringos no logran agregar.

Así pues que me hacía falta mi tierra, mis bailarines, me mamaba de los gringos y me daba por regresarme a Medellín. Y cuando me cansaba de la falta de disciplina de los paisas, y con esos talentos que se gastaban, me largaba otra vez para gringolandia.

No sé cual fue el orden cronológico de cómo ocurrieron estas cosas. Pero de las cosas lindas que recuerdo, después de los años con Silvia Rolz, recuerdo lo siguiente.

Darío Parra, que no dejaba que las montañas del Valle del Aburrá le cerraran su conocimiento de todo lo que pasaba en danza en el mundo (se iba para el Colombo Americano y se leía de pe a pa las revistas de Dance Magazine) también se mantenía al tanto de que pasaba en Medellín. Silvia y su fuerte en los adagios no le era suficiente, y ni corto ni perezoso se iba para donde Leonor y Kiril Pykieris a tomar clases allá también. Por ahí se enteró de que un tal Peter Palacios estaba recién llegado a Medellín y que estaba dando clases en un estudio. Así que terminábamos clase de moderno que Silvia por las mañanas, nos tomábamos un jugo de guanábana con un pandebono en la tienda de la esquina, llenábamos mi carrito —el volkswagen viejo de mis papás— de bailarines, como si fuéramos payasos de un circo, y nos subíamos “la 10” hasta el estudio donde estaba dando clases Peter. Nos sacaba la leche. Con su inigualable pasión y su delicioso acento costeño, nos hacía sudar a chorros pidiéndonos más apretado el tendu, más alto el salto, más arriba la pierna. Salíamos de allá mamados pero felices.

Pues que Silvia se entera de que todo su grupo de bailarines, a quien ella llevaba años puliendo y formando, estaban tomando clases de ballet con Peter Palacios. Válgame Dios, nos cayó el regaño de la vida. Yo trataba de explicarle que él había bailado con el Ballet de Tampa. Y ella me justificaba que no teníamos nada que ir a hacer allá. No sé que tanto tiempo nos quedamos haciendo clases con el. Pero lo que sí recuerdo, también como pasaba en esos años de narcos, mafia, plata fácil, sea lo que sea, las personas que tenían dinero para financiar arte tenían algo raro.

Pero recuerdo que Mónica Bustamente fué la primera en apuntarse. Como que tuvieron muchas noches de mucho éxito pero este cuento se lo tienen que pedir a otras personas.

Estábamos todos sedientos de algo diferente a ballet clásico, y aunque Silvia nos daba muy buenas clases en técnica Graham, nos hacia falta algo concreto que nos inspirara. Por eso días llegó a Medellín el Ballet de Montpelier de Francia. Se presentaron dos noches y no nos perdimos ni un momento. Dario, quien quería sumergirse completamente en la vida de bailarines que solo eran fotos en revistas, logró que nos invitaran a una cena después de la presentación. Recuerdo a Dario enternecido por ver cómo comían! “Hasta limpian el plato con el pan!” Me decía Dario, dándose cuenta que sus dioses eran de carne y hueso. De la misma manera, eran personas que se enamoraban.

Unos meses más tarde después de la venida de los franceses, Dario Parra me comentó que en el Museo de Arte Moderno se iba a presentar un tal Jorge Holguin con algo llamado “Danza Teatro.” Como nos pegábamos de todo lo que nos pudiera nutrir nuestro sed de danza, nos fuimos todos en patota para esa presentación. Yo quede muda. No podía creer que ahi en nuestro pequeño valle estuviéramos viendo danza del calibre de lo que yo veía en Estados Unidos. O talvez no el calibre sino el yo-no-se-qué de poder decirle adios al bal- let clásico y el poder usar una disciplina y un vocabulario adquirido por la danza moderna y clásica para lograr cosas aun más bellas. Me conmovió profundamente sentir que mis bailarines adorados estuvieran pudiendo ver las cosas que yo me soñaba que pudieran ver, para así lograr darle rienda suelta a sus creatividades.

Llegué a casa a contarle a mi mamá, y ella que siempre le encantaba encontrar conexiones de familias, se dio cuenta que Jorge Holguín sería primo tercero mío. Con esto metido en el corazón que emoción me dio saber que el tal primo iba a —no solo haberse presentado— sino que iba a ofrecer toda una semana de taller de danza en la nueva sede del Museo de Arte Moderno, una casona hermosa, vacía, toda para nosotros, en el centro de Medellín.

De nuevo, en patota, nos fuimos todos. Y de nuevo como si fuéramos la pandilla que éramos, nos tomamos esa casa. Junto a los “bailarines de Silvia” se juntaron personas lindas en música como Pilar Posada y Tita Maya. A todos nos puso a bailar. Jorge tenía el don de usar “pedestrian movement” con cualquier pelagato y hacerlos sentir como todos unos bailarines.

El final de ese taller se hizo una presentación ahí mismo. Los pesados en el arte moderno lo llamaron un “Happening.” Yo lo único que sé es que gozamos como unos enanos. Jorge, con su magia, llenó todos los espacios de esta casa —el gran salón, las escaleras mágicas al segundo piso, un ar- mario vacío al final del corredor, la cocina con algunas ollas que dejaron, el patio de atrás— cada espacio se volvió un lienzo para que cada uno de nosotros pintara danza sobre el. Fue una experiencia inolvidable e irreproducible.

Durante mi tiempo en Washington conocí a una profesora de danza hermosa. Cuando supo que yo era de Colombia, me dijo simplemente, “I want to go there to teach.” Quedamos en comunicación —las cartas por correo que se escribían en esa época— y mis papás, mecenas para el arte sin que yo me diera cuenta de lo que hacían hasta ahora ser una vieja y saber todo lo que eso implicaba —alojaron a Sharon Wyrrick en la casa. De nuevo, los bailarines absorbieron todo lo que pudieron de esta bella mujer. El salón de la casona donde habíamos hecho el taller con Jorge, se volvió de nuevo es- cuela de danza. Trabajamos infatigablemente un par de semanas. Y al final de eso, hicimos presentación. Recuerdo que Elsa Borrero le decía a todo el mundo: “Vayan, vayan a verlos! Se reivindicaron!” Pasaba pues que como en el montaje de Carmina Burana pusieron a los de teatro de mallas también. Y “los bailarines” quedaron todos en el mismo costal —los que teníamos buena técnica y los de teatro que… bueno, sabían actuar pero no bailar! Sharon presentó varios de sus solos hermosos y nos coreografió dos obras. Cuando se nos fue, y subimos todos a despedirnos de ella en el aeropuerto de Rionegro, le bailábamos frases al otro lado del cristal mientras ella entraba a su avión. A ella, y a nosotros, nos chorreaban las lágrimas.

Jorge vivía en Dinamarca. Yo me seguí escribiendo con él. Ya les dije que éramos primos. Pero no les he dicho que me dio la traga más horrible del mundo por él. No me importaba que la gente me dijera que él era del otro equipo. Yo, en mi corazón enamorado, estaba segura que lograría conquistarlo. Las carta que nos escribíamos eran solo sobre danza, pero para mí, eso era una entrada.

En uno de esos arranques que me dio de desespero por dejar a Medellín, me encontré en Boston, dizque porque iba a estudiar en el conservatorio de ahí. Me importaba un pepino que el programa de danza era puro ballet clásico. Pensaba que ahí iba a cuadrar. Pero la vida tiene una forma linda de burlarse de uno. Recibí una carta de Jorge invitándome a un concurso de danza en Paris. Me pedía que si podría reunir a un grupo de bailarines paisas. Quería hacer algo con la leyenda de «La Patasola». Mi hermano se iba a casar en Diciembre y, esto, junto con la posibilidad de ir a Paris con Jorge, rapidito me hizo regresar a Medellín.

Jorge llegó en Enero, y empezamos a trabajar. Se animaron Mónica Bustamante, Fernando Zapata, Gustavo Llano y yo. Eramos cuatro y Jorge nos hacía coreografía. Maria Elena Uribe —pintora, hizo el telón y el vestuario. El mío era un vestido de novia hecho trizas. Mónica estaba cubierta en barbas de los árboles de mi casa, siendo la madre selva. Gustavo y Fernando estaban casi en taparrabos.

Estuvo casi lista la obra y así la presentamos en el Teatro de la Universidad de Medellin. Jorge agregó sus solos maravillosos, y a Fernando le enseñó el bellísimo solo con la música de Claro de Luna de Beethoven. Habiendo hecho toda una premiere en Medellín, estábamos listos para Paris.

Llegamos en medio del invierno. Gris. Frio. A hotels chiquiticos. Sin saber gota del idioma. Una amiga de Jorge nos consiguió un estudio por allá en no sé que horrible vecindario. Era básicamente el segundo piso de un tugurio francés. Helado y sin baño. Teníamos que ir a pipisiar afuera, y la pobre Mónica que sufría de estreñimiento, nos hizo llorar no sé si de la risa o de la tristeza al describirnos como trato de hace popó sin lograrlo “por ese frio tan verraco.” “Se me congelaron hasta las guevas,” agregaba. Y para colmo de males, cada que saltábamos en los ensayos, se oía lo malacorosa voz del dueño de abajo: “Sauté pas!”

Nuestro grupo era uno de entre como 50. Nos tocaron varios días de estar sentados en el auditorio viendo cosas horribles y absurdas. Una vieja fumando durante 15 minutos. Eso era danza? Otras cosas si bellas. Y finalmente nos tocó a nosotros. Ah, no les he contado que esto no era “Paris.” El tal teatro donde se estaba haciendo este concurso había sido un circo! No les miento. “Cirque d’Hiver.” Helado a morir. Lleno de fotos de payasos. Todavía olía a pipí de elefante. Pero en fin. Una vez en el escenario, todo esto se desvaneció y le trajimos a estos parisienses la leyenda de La Patasola.

Por ahí hay una carta que Jorge le escribió a mis papás donde les explicaba que —después de ver tanto bailarín como maquinas— apenas aparecimos en el escenario nosotros, verdaderamente bailarines de carne y hueso, se conmovió tanto y se le llenaron los ojos de tantas lágrimas, que no lograba darle los cambios de luces al técnico. Yo solo recuerdo esa sensación tan bella de estar en ese espacio frio, que de repente se lleno de trópico, bailando con esos otros tres paisas bellos.

Creo que de los 50 grupos “ganaron” 10. Nosotros quedamos de 11avos. La tia de Jorge nos decía que eso era “por dejar la plata de los premios en Paris.” Yo no hablo francés, pero mis papás me decían que la carta que Jorge les compartió escrita por el director del concurso, decía entre lineas que nosotros habíamos sido uno de sus grupos favoritos.

Pero todo llega a su fin y nos encontramos los cinco sin destino en Paris. Yo agarre para Londres, buscando otros horizontes en danza ahí. Jorge se regresó a Dinamarca, Mónica cogió un tren hacia Alemania donde tenía una conocida y Gustavo y Fernando se regresaron a Medellín. Habíamos viajado muy lejos para solo darnos cuenta que la danza estaba dentro de nosotros. Lo que habíamos visto hecho supuestamente mejor de lo que nosotros podíamos hacer por ser “del extranjero” no se acercaba a lo que nosotros ya lográbamos.

Me quedé en Londres más o menos un año. Trabajé limpiando casas y cuidando niños. Trataba de tomar clases de danza contemporánea todas las mañanas. Tuve unos profesores excelentes. También traté de aprovechar cuanto concierto, galería, teatro callejero que se ma atravesaba en esa gran ciudad. Y también me llegó un regalo muy grande. Conocí El Método Feldenkrais. Me cautivó totalmente. Mi técnica en danza mejoró como nunca lo había hecho. Sentí cambios profundos en mí. Y decidí hacer de esto mi carrera.

Siendo ciudadana americana se me hacía mas fácil vivir y poder trabajar “por encima de la mesa” en Estados Unidos. La vida me volvió a llevar a Washington y ahí hice mis estudios de Feldenkrais. Me hospedaba en la casa de nada más y nade menos que Pili Restrepo. Eramos hermanitas y vivimos felices.

Una mañana de verano me llegó le terrible noticia del secuestro de mi papá. Termine mis estudios de Feldenkrais y rapidito me regresé a Medellín. Y al estudio de danza a usar mi danza adorada y sanadora para procesar la angustia, el temor, el desespero de lo que mi familia vivía.

Pasaron los meses y se hizo claro que mi papá no iba a regresar a casa. Ya no vivía. Si no fuese por la danza, yo también siento que hubiera muerto. Seguí trabajando en coreografía. Tristemente por esos mismos meses Jorge también murió. Y con él como mi profesor de siempre, estaba ahi presente en el estudio conmigo, siempre guiándome. “Cámbiale la dirección a esa frase,” lo escuchaba decirme. “Quítale ese pedazo que no funciona bien,” agregaba. Y así poco a poco iba creciendo “Elegía para un hombre que aún vive.”

De vez en cuando me encontraba con Dario Parra y Dorita Arias en el area de gimnasia olímpica en el Velódromo de Laureles (no les he presentado a Dorita ¿Se acuerdan del Museo de Arte Moderno? Pues Dorita era secretaria ahi. El virus del amor por la danza se lo transmitió Jorge en ese primer evento ¡Y de ahí en adelante se puso de qué juicio a tomar cuanta clase podía y se volvió una bailarina del carajo!) En una de esas mañanas en las que nos las pasamos bailando, con música en un puro cassette, estábamos jugando con El Mesías de Handel. Dario, un estudioso consumado de no solo ballet clásico sino música clásica tenía el sueño de coreografiar todo El Mesías! Pues ni corto ni perezoso, ya había empezado con la obertura. Y una de esas mañanas el cassette siguió hasta el Aleluya y ese también nos lo bailamos, improvisando como unos locos, felices, sudando puro amor por el movimiento.

Sin yo recordar, también había grabado en ese cassette “El Adagio de Barber.” Me encontraba tirada en el suelo descansando. Al empezar esa música sentí la ola de angustia por lo que mi familia vivía. Me transporté a donde estaba detenido mi papá y con movimiento me volví él. Era él, pero era yo su hija quien tanto adoraba. Barber me ayudó a exorcizar ese dolor. Cuando se terminó, me volteé y vi a Dario y Dorita, sentados en un rincón, con lágrimas chorriándoles por la cara.

¿Entonces qué se ve en el video de “Elegia para los hombres que aún viven”? ¿Qué se ve en ese video filmado rápidamente, tan solo como recuento en la noche de la presentación, sin tiempo para editar algo mejor? Es el producto de un grupo de personas que se juntaron para expresar durante esos años difíciles de 1989, 1990, años de bombas por doquier, regalos de Pablo Escobar; años difíciles que cuando yo le hablé sobre mi proyecto a “La Mona Gonzales” —en esa época administradora de La Filarmónica, y como ella se llamaba a si misma, “administradora de sueños”-, me ayudó de que manera con esto.

Ya no recuerdo muy bien cómo fue que se fue dando todo. Pero lo que fue para mí una pieza central de “Elegía”, una memoria para mi papá, se fue creciendo con otras personas que lo amaban y también estaban aterrados y atónitos por su secuestro, y necesitaban agregar sus palabras con música y gesto.

¿Qué se ve en Elegia?

Rodrigo Saldarriaga haciendo el solo de Becket porque mi papá apoyaba todo lo que fuera arte en Medellin y Rodrigo adoraba a mi papá. (En el artículo de Paso al Paso esta sección no está por motivos de peso digital.)

El Estudio Polifónico cantando porque mi papá tenía la voz mas bella de bajo.

El solo de Dario con la obertura del Mesías. El principio de lo que el soñaba fuera una obra larga. QEPD, Dario precioso, allá en el cielo lo estas haciendo.

Dario y Dorita que se sollaron un dueto que encontraron en un video de un coreógrafo Canadiense y lo adaptaron a la paisa.

Yo recordando a Jorge. Encontré vainas que él usaba en sus coreografías, por allá refundidas en el cuarto de reblujo de la casa de mis papás. Las desempolve y le di las gracias.

Monica Fabriaz quien hacía mas que todo teatro y expresión corporal. Ella y yo hicimos un dueto y se lució ella como coreógrafa.

El Adagio de Barber, mi solo, la soledad de mi papá en cautiverio.

Y como adoro a Bach, tuve que meter una súplica con su Donna Nobis Pacem de La Misa en Si Menor ¡Diosito lindo, mándanos paz por favor!

Y para terminar la noche, la obra central. Mezclando texto y movimiento traté de pintar la dicotomía entre el elevamiento de la clase alta de Colombia, sin darse cuenta de lo que el pueblo trabaja y sufre. (De nuevo, lástima que la grabación no es la mejor, pero espero que capte lo esencial.)

Fernando Zapata con su voz fabulosa de actorazo.

Linda (quien tampoco conocían pero Dario se la trajo de bailar puro ballet con los Pikieris a bailar moderno con Silvia).

Roberto Nava, puro amor por la danza, contra toda la familia denegándolo por bailar, se hizo bailarín.

Dorita, preciosa. Punto.

Y hacia el final entre yo, leyendo un texto escrito por mi hermano. Mi hermano que nunca expresa nada pero que el secuestro de su padre lo hizo escribir.

Los niños de la urbanización donde vivíamos, los niños que mi papá había visto crecer, entraron con velitas, mientras que el Coro Tonos Humanos, con quienes cantaban mis padres, entraron cantando una de las obras favoritas de él.

Unos días antes de la presentación, La Mona Gonzales me advirtió: “No esperemos mucho público. Recuerda que esto de las bombas está tenaz y la gente no esta saliendo de noche”. La mañana de la presentación faltaban mil detalles, y yo ya agotada de meses de trabajo y de angustia, me tire al piso del escenario del Teatro Pablo Tobón a llorar. “Papi, esto ya te lo paso a ti. Allá donde estás tú ahora, mueve las cosas para que todo salga bien,” le pedí.

Unos minutos antes de las 7:30, hora de empezar la presentación, me paseaba por los camerinos, viendo a ver si todos estaban listos. Y eso que entra La Mona con lágrimas en los ojos. “Usted a qué santo le rezó, no podemos empezar, tengo un gentío allá afuera haciendo fila todavía!”

Fué una noche hermosa. Todo salió perfecto. La gente me agradecía por haber expresado lo que todo el mundo necesitaba decir.

A los pocos días acompañé a mi novio, ahora mi esposo hermoso y compañero de vida desde ese entonces, a un almacén de bicicletas. Detrás de un escritorio me dice una secretaria, en ese acento paisa melodioso y único: “Ay, oiga, usted no fue la que bailó el otro día en el Pablo Tobón. Ay, oiga, ¡eso fue tan bonito!” Si a una secretaria le había tocado el alma la danza, sentí haber cumplido mi misión.

Si hoy, 30 años mas tarde, un grupo de bailarinas lindas en Medellin recopilan este material y lo ofrecen a mas personas quienes adoran la danza, porque sienten que tiene valor, ya hice mi trabajo. Si mañana muero, ya lo podré hacer en paz.

¿Usted qué opina?

Revista Paso al Paso, 2020. ISSN: 2711-4783 (En línea)

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