Choques y abrazos sinceros con la danza

Por: Susana Berrío Escudero.

Dancer with a nuclear explosion in the background, Nevada, 1950.

Dancer with a nuclear explosion in the background, Nevada, 1950.

Medellín, 29 de abril 2020.

Nunca he estado segura sobre mi danza. No me ayuda la danza en sí misma, tal vez porque no está acompañada por esa fe ciega de que el arte puede transformar la vida en todos sus escenarios; por el contrario, me agobia muchísimo no tener ideas apropiadas para esta labor. Lo que sí me ha hecho crecer es la formación que he recibido en danza. Casi como una escuela de la vida me ha vuelto más sensible a la crítica sobre lo que me apasiona, especialmente y empezando por el acto mismo que me enseñó: la danza.

Danzar resulta en una performatividad en tanto se hace y no se es literalmente; como muchas bailarinas y bailarines, llegué a la contemporaneidad con una formación previa en ballet clásico y recuerdo especialmente alguna vez que tratando de imitar los movimientos, la delicadeza y el color de las flores sentía mucha rabia. ¿Por qué, entonces, danzaba como una flor y no como mi rabia me lo pedía? ¿Qué necesidad había de preocuparme por parecer una flor perfecta si en realidad soy un cuerpo imperfecto con movimientos imprecisos? Las flores me siguen gustando igual o menos y sigo teniendo la misma rabia o más.

Muchas veces disto del arte porque su estética nunca será sensata cuando acompaña al dolor; es la reducción más básica tras comprender que mi inspiración jamás será motivar porque yo no quisiera bailar con una intención artística sino comunicativa y denunciante. No me gusta la percepción del arte como enaltecimiento y culminación del duelo y la canalización de la ira. Como si el dolor, la desesperación de vivir entre cuatro paredes tuviera que erradicarse y no tuviera derecho a salir a flote en cualquier espacio artístico, en mi caso la danza.

No sigo viva por amor a la danza como lo interpretaría la industria cultural, es por supervivencia e instinto que, aunque ya muy averiado, me sigue sacando del fondo cada vez que me siento ahogada. No esperaré los cambios que quiero del arte ni de los gobiernos, nacerán de mis palabras y de estos pies, brazos, cabeza, articulaciones, respiraciones, órganos que bailan cada que pueden, porque una no baila lo que quiere, sino lo que es capaz.

No solo en medio del confinamiento por la pandemia, también en mi despertar ante la realidad abrumadora de nuestro país, no siento ganas de escribir ni de leer, tampoco de pintar, mucho menos de bailar o aprender a hacer música. No debe ser una responsabilidad más en este tedioso momento, pero se me hace que el encierro a veces me invita a pensar que la danza que debería ser autónoma y libre no se convierta nunca en otra forma de la tortuosa productividad que acosa en las redes sociales. Tal vez sea un momento para resolvernos ciertas cuestiones que nos atraviesan como bailarinas y bailarines, como su calificativo bien lo expresa «contemporáneos»; por ejemplo, invito a pensar cómo involucrar y adaptar nuestra danza a las distintas problemáticas que nos cruzan en la colectividad, cómo gestionar los aplausos del público y la exigencia de la otredad danzante cuando la o el artista se conmueve por la realidad que incluso no se le permite expresar, cómo escribir y narrar la danza que pretendemos transmitir o explorar, cómo ser sinceras, amables con nuestros cuerpos cansados por la rutina y aceptar que tal vez este año no podamos hacer ninguna maratón por el día de la danza, ni aprovechar descuentos en prendas de vestir para bailarines, mucho menos asistir a eventos o presentaciones de las compañías en nuestra ciudad. En esta carrera no ha quedado más que el cansancio y será prudente recordar que todo movimiento llegará al reposo y que en el cambio de posición se descubre a sí mismo el movimiento.

Por: Susana Berrío Escudero.

Dancer with a nuclear explosion in the background, Nevada, 1950.

Dancer with a nuclear explosion in the background, Nevada, 1950.

Medellín, 29 de abril 2020.

Nunca he estado segura sobre mi danza. No me ayuda la danza en sí misma, tal vez porque no está acompañada por esa fe ciega de que el arte puede transformar la vida en todos sus escenarios; por el contrario, me agobia muchísimo no tener ideas apropiadas para esta labor. Lo que sí me ha hecho crecer es la formación que he recibido en danza. Casi como una escuela de la vida me ha vuelto más sensible a la crítica sobre lo que me apasiona, especialmente y empezando por el acto mismo que me enseñó: la danza.

Danzar resulta en una performatividad en tanto se hace y no se es literalmente; como muchas bailarinas y bailarines, llegué a la contemporaneidad con una formación previa en ballet clásico y recuerdo especialmente alguna vez que tratando de imitar los movimientos, la delicadeza y el color de las flores sentía mucha rabia. ¿Por qué, entonces, danzaba como una flor y no como mi rabia me lo pedía? ¿Qué necesidad había de preocuparme por parecer una flor perfecta si en realidad soy un cuerpo imperfecto con movimientos imprecisos? Las flores me siguen gustando igual o menos y sigo teniendo la misma rabia o más.

Muchas veces disto del arte porque su estética nunca será sensata cuando acompaña al dolor; es la reducción más básica tras comprender que mi inspiración jamás será motivar porque yo no quisiera bailar con una intención artística sino comunicativa y denunciante. No me gusta la percepción del arte como enaltecimiento y culminación del duelo y la canalización de la ira. Como si el dolor, la desesperación de vivir entre cuatro paredes tuviera que erradicarse y no tuviera derecho a salir a flote en cualquier espacio artístico, en mi caso la danza.

No sigo viva por amor a la danza como lo interpretaría la industria cultural, es por supervivencia e instinto que, aunque ya muy averiado, me sigue sacando del fondo cada vez que me siento ahogada. No esperaré los cambios que quiero del arte ni de los gobiernos, nacerán de mis palabras y de estos pies, brazos, cabeza, articulaciones, respiraciones, órganos que bailan cada que pueden, porque una no baila lo que quiere, sino lo que es capaz.

No solo en medio del confinamiento por la pandemia, también en mi despertar ante la realidad abrumadora de nuestro país, no siento ganas de escribir ni de leer, tampoco de pintar, mucho menos de bailar o aprender a hacer música. No debe ser una responsabilidad más en este tedioso momento, pero se me hace que el encierro a veces me invita a pensar que la danza que debería ser autónoma y libre no se convierta nunca en otra forma de la tortuosa productividad que acosa en las redes sociales. Tal vez sea un momento para resolvernos ciertas cuestiones que nos atraviesan como bailarinas y bailarines, como su calificativo bien lo expresa «contemporáneos»; por ejemplo, invito a pensar cómo involucrar y adaptar nuestra danza a las distintas problemáticas que nos cruzan en la colectividad, cómo gestionar los aplausos del público y la exigencia de la otredad danzante cuando la o el artista se conmueve por la realidad que incluso no se le permite expresar, cómo escribir y narrar la danza que pretendemos transmitir o explorar, cómo ser sinceras, amables con nuestros cuerpos cansados por la rutina y aceptar que tal vez este año no podamos hacer ninguna maratón por el día de la danza, ni aprovechar descuentos en prendas de vestir para bailarines, mucho menos asistir a eventos o presentaciones de las compañías en nuestra ciudad. En esta carrera no ha quedado más que el cansancio y será prudente recordar que todo movimiento llegará al reposo y que en el cambio de posición se descubre a sí mismo el movimiento.

¿Usted qué opina?

    • El Astronauta
    • 30 abril, 2020
    Responder

    ¡Me encanta como escribe!

Revista Paso al Paso, 2020. ISSN: 2711-4783 (En línea)

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