Por: Lina Villegas y Paula Villegas.
Dirección: Paula Villegas / Lina Villegas
Coreografía: Lina Villegas
Edición: Paula Villegas
Música: VRoom
Año: 2010
Duración: 8’26”
Formato: DVCAM

La Orilla, inicialmente fue una obra creada en donde un solo escénico y una proyección de fondo, se complementaban, duplicaban y replicaban las siluetas de un cuerpo danzante; y sin embargo cada escenario, real y virtual coexistía de manera independiente.

Luego, las directoras liberaron el video de proyección y lo convirtieron en una videodanza, autónoma del espacio escénico. La Orilla es entonces una obra minimalista que la hace sublime. Sobre un fondo blanco o a veces con texturas en blanco y negro de un bosque, un espectro de bailarina en negro va recorriendo linealmente el fondo mientras ella entra, sale, se detiene y desaparece. A su vez aparecen sus dobles virtuales que en canon continúan la coreografía o la suspenden entre puntos y esos espectros negros parecieran teñir el fondo el cual permanece impecablemente blanco o tranquilamente natural.

Entre la detención y el impulso. Al borde, al filo, por la orilla se detiene y retiene el aliento, lo expulsa y se libera, desata su doble, reanima el ánima, el espectro, juegos de espectros transparentes y silentes. Entre la detención y el impulso cada espectro toma su camino, es bifurcación. La fluidez se rompe con la duda. Ella es muchas dentro de una sola repetición para acentuar sus hendiduras, sus vacíos, sus aciertos suspendidos en el filo de la desesperación. Incertidumbre, desasosiego, el recorrer el filo es estar en un límite incierto, indefinido y sin embargo ella danza en su fluidez dejando ecos de sus transparencias: espíritus sombreados que esperan.

Fotograma de La Orilla. Cortesía Paula Villegas.

Sus paradas suavizan la profundidad de sus sensibilidades. Esperan y con ella espera la cámara, la cual la mira distante, en un plano fijo y quieto, nunca se acerca, sola la deja recorrer el filo sin marcarle un lugar y sin marcarle un límite. Aún cuando ella desaparece del plano, entre lo que no se ve, se sabe que el filo continúa y que por algún motivo ella regresa al centro ambiguo para dejar sus espectros como en un aliento de renacer cada vez que se desprende de ella otro espíritu en negro.

Sus movimientos curvilíneos son la huella femenina que se traza a lo largo de la vida, a lo largo de su filo. Estar en la orilla, es estar desnuda en sus emocionalidades, esperando que desde la herida la lancen o la alejen del filo. Estar en la orilla es una espera, una espera femenina como la representaba Maya Deren, que sólo las mujeres saben expresar y así, cuando se detiene, es también su espera la que deja en silencio los movimientos. Pero en ella el silencio no es una duda sino el punto final, es un comienzo, un renacer hacia la renovación de sus espíritus desbordados los cuales vuelven una y otra vez hacia ella o ella es quien regresa a ellos, pues la espera es cíclica, no tiene fin y como atmósfera de encantamientos es un tiempo detenido.

La cámara fija en La Orilla es sólo un punto, un presente, un expectante que deja pasar, entrar, salir, aparecer y desaparecer a los cuerpos danzantes en frente de ella, mientras que la edición es la liberación de la espera a través de la multiplicación de sus espectros como para aligerar el tiempo y dejar que cada uno ocupe un lugar en línea infinita de la espera. Se encuentran, se miran, se presentan, siempre de lado a la cámara, nunca de frente como si en ese sentido estuviera el desvío que no quieren tomar y por ello abordan la orilla como única fisura para dejar escurrir por allí sus incertidumbres. El transcurrir del tiempo es la conciencia de cada instante, es un nuevo ahora para aligerar el tiempo de la espera.

El espacio en blanco es también un lugar para dejar suceder lo inevitable. En el filo, al borde se encuentra un espacio abierto que no induce ni sugiere sino que también espera la desaparición de los cuerpos. Por ello la videodanza es su huella, su trazo y evidencia que la acompaña en la orilla.

Por: Lina Villegas y Paula Villegas.
Dirección: Paula Villegas / Lina Villegas
Coreografía: Lina Villegas
Edición: Paula Villegas
Música: VRoom
Año: 2010
Duración: 8’26”
Formato: DVCAM

La Orilla, inicialmente fue una obra creada en donde un solo escénico y una proyección de fondo, se complementaban, duplicaban y replicaban las siluetas de un cuerpo danzante; y sin embargo cada escenario, real y virtual coexistía de manera independiente.

Luego, las directoras liberaron el video de proyección y lo convirtieron en una videodanza, autónoma del espacio escénico. La Orilla es entonces una obra minimalista que la hace sublime. Sobre un fondo blanco o a veces con texturas en blanco y negro de un bosque, un espectro de bailarina en negro va recorriendo linealmente el fondo mientras ella entra, sale, se detiene y desaparece. A su vez aparecen sus dobles virtuales que en canon continúan la coreografía o la suspenden entre puntos y esos espectros negros parecieran teñir el fondo el cual permanece impecablemente blanco o tranquilamente natural.

Entre la detención y el impulso. Al borde, al filo, por la orilla se detiene y retiene el aliento, lo expulsa y se libera, desata su doble, reanima el ánima, el espectro, juegos de espectros transparentes y silentes. Entre la detención y el impulso cada espectro toma su camino, es bifurcación. La fluidez se rompe con la duda. Ella es muchas dentro de una sola repetición para acentuar sus hendiduras, sus vacíos, sus aciertos suspendidos en el filo de la desesperación. Incertidumbre, desasosiego, el recorrer el filo es estar en un límite incierto, indefinido y sin embargo ella danza en su fluidez dejando ecos de sus transparencias: espíritus sombreados que esperan.

Fotograma de La Orilla. Cortesía Paula Villegas.

Sus paradas suavizan la profundidad de sus sensibilidades. Esperan y con ella espera la cámara, la cual la mira distante, en un plano fijo y quieto, nunca se acerca, sola la deja recorrer el filo sin marcarle un lugar y sin marcarle un límite. Aún cuando ella desaparece del plano, entre lo que no se ve, se sabe que el filo continúa y que por algún motivo ella regresa al centro ambiguo para dejar sus espectros como en un aliento de renacer cada vez que se desprende de ella otro espíritu en negro.

Sus movimientos curvilíneos son la huella femenina que se traza a lo largo de la vida, a lo largo de su filo. Estar en la orilla, es estar desnuda en sus emocionalidades, esperando que desde la herida la lancen o la alejen del filo. Estar en la orilla es una espera, una espera femenina como la representaba Maya Deren, que sólo las mujeres saben expresar y así, cuando se detiene, es también su espera la que deja en silencio los movimientos. Pero en ella el silencio no es una duda sino el punto final, es un comienzo, un renacer hacia la renovación de sus espíritus desbordados los cuales vuelven una y otra vez hacia ella o ella es quien regresa a ellos, pues la espera es cíclica, no tiene fin y como atmósfera de encantamientos es un tiempo detenido.

La cámara fija en La Orilla es sólo un punto, un presente, un expectante que deja pasar, entrar, salir, aparecer y desaparecer a los cuerpos danzantes en frente de ella, mientras que la edición es la liberación de la espera a través de la multiplicación de sus espectros como para aligerar el tiempo y dejar que cada uno ocupe un lugar en línea infinita de la espera. Se encuentran, se miran, se presentan, siempre de lado a la cámara, nunca de frente como si en ese sentido estuviera el desvío que no quieren tomar y por ello abordan la orilla como única fisura para dejar escurrir por allí sus incertidumbres. El transcurrir del tiempo es la conciencia de cada instante, es un nuevo ahora para aligerar el tiempo de la espera.

El espacio en blanco es también un lugar para dejar suceder lo inevitable. En el filo, al borde se encuentra un espacio abierto que no induce ni sugiere sino que también espera la desaparición de los cuerpos. Por ello la videodanza es su huella, su trazo y evidencia que la acompaña en la orilla.

¿Usted qué opina?

    • Omega 3
    • 3 octubre, 2019
    Responder

    Espectacular! Muy buena la edición! La imagen, la música…todo hermoso!

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Revista Paso al Paso, 2019.

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