“La danza es aire y bailar una forma de respirar”: Verónica Tandura

Cerca de São Paulo, en Brasil, el caudaloso río Embu-Guaçu serpentea en su camino hacia la represa de Guarapiranga. En su recorrido atraviesa un pequeño poblado de unos setenta mil habitantes que toma su nombre, el cual podría traducirse como “Boa grande”. Es allí donde vive Verónica Tandura, profesora, coreógrafa y bailarina; con su esposo Gonzalo y su hija de tres años, Victoria. Embu-Guaçu cuenta con una amplia riqueza ecológica y con la tranquilidad que tienen esos pueblos donde todo el mundo se conoce, dos cosas que lo han convertido en un refugio perfecto para Verónica: “llegué hace poco más de ocho años a Brasil, a São Paulo, que es una locura total. Es un buen lugar para trabajar, hacer dinero, contactos… pero es otro ritmo, te cruzas con muchas personas que en general nunca llegas a conocer. Aquí, en cambio, camino por la calle y voy saludando gente. Es la primera vez que conozco a todos, que hago muchos amigos… me permite relajarme, me baja los decibeles; la forma de actuar, hablar, vivir y moverse es diferente aquí”.

Parque principal de Embu-Guaçu – Google Street View

Cuando tenía la edad de Victoria, Verónica comenzó sus clases de danza y a los 9 años conocióa Gabriela Pucci, su gran profesora de ballet y a quien hoy reconoce como su “madrina en la danza”. En el Instituto Pucci inició su formación en ballet clásico, y a los 12 años tomó la decisión de dedicarse a la danza por el resto de su vida.

Esta decisión la impulsó a conocer nuevas escuelas, profesores y técnicas; continuando siempre con la danza clásica, exploró la danza contemporánea, el jazz y el tango. Después de ocho años de formación especializada en danza y tres más de profesorado, recibió su primer título profesional que le permitió comenzar a trabajar como docente de danza, a los 18 años: “Junté mis dos pasiones. Yo siempre quise ser profesora y en ese momento dije ‘ya sé de qué’”, recuerda.

A los 19 años su carrera como intérprete tomó protagonismo en su vida: obtuvo su primer trabajo como bailarina profesional en el Ballet del Mercosur, dirigido por el famoso bailarín Maximiliano Guerra y luego hizo parte de la Compañía de danza “Tangokinesis” dirigida por la coreógrafa Ana Maria Stekelman. La danza la llevó a recorrer el mundo: inició sus saltos por las diferentes provincias de Argentina y continuó con Uruguay, Colombia, México, Panamá, España, Francia, Italia, Grecia, Alemania, EEUU y otros. Bailó en el Palacio de Versailles como solista, participó de la película “Tetro” dirigida por el cineasta norteamericano Francis Ford Coppolla y dividió el escenario con Julio Bocca en su gran espectáculo de despedida en la Avenida 9 de julio: “Estos momentos fueron increíbles, tengo muchas imágenes en mi memoria” recuerda.

Al tiempo que danzaba, trabajó en diferentes academias como profesora e iniciaba su carrera profesional en Composición coreográfica, en la Universidad Nacional de Artes. Verónica recuerda las pirouettes que realizaba para sacarlo todo adelante: “había cursos presenciales que yo debía tomar, en ese entonces comencé a bailar en TangoKinesis, donde teníamos muchas giras; hablaba con los profesores para que me permitieran presentar mi trabajo como parte de las evaluaciones”.

Siempre tuvo claro que bailar era un pasaje para ser mejor profesora y esta mixtura de experiencias derivó en nuevos elementos para lo que ya comenzaba a tomar forma en su mente: un método para la enseñanza de la danza que conectara sus eclécticos intereses.

Su método Neoclásico inició como una necesidad de conectar la técnica clásica, que la apasiona, con nuevas formas expresivas: “Yo amaba el ballet, pero no conseguía expresarme. A los 12 años era una tabla con mucha técnica. Cuando comencé a explorar nuevas técnicas la expresión apareció y logré llevarla también al ballet, pero siento que perdí tiempo en el camino. Yo quería conseguir mayor expresividad dentro de las clases de técnica clásica y fue a partir de este conflicto que surgió mi método”.

Ella dice que decidió inventar la clase que siempre hubiese querido hacer, aquella que le permitiera explorar. Tener la clase de ballet como estructura, como base, pero ir más allá: que la expresión tomara iniciativa, conocer las inquietudes de otros, intercambiar intereses, tener mayor libertad creativa.

Su preocupación se centró entonces en estructurar y desestructurar: para Verónica las danzas clásica y contemporánea eran caminos opuestos y quiso encontrar un punto en común. Decidió tomar la estructura de la clase y el trabajo muscular de la técnica clásica, pero desestructurarlos a partir de la respiración, la relajación y la búsqueda de nuevas formas expresivas para llegar al movimiento: “busco hacer el camino de adentro hacia afuera, de la expresión y la respiración al movimiento. El movimiento no puede ser robótico, tiene que verse natural. Utilizo música moderna, que le diga algo al bailarín y le permita relacionarse con ella. Insisto para que el movimiento se vuelva parte de la música, como si nuestro cuerpo fuera un instrumento, un sonido más dentro de ella. Esta es una herramienta que utilizo bastante ya que ayuda a mi objetivo final, que es soltarse y expresarse».

Todas estas inquietudes, experiencias y estudios fueron lo primero que llevó en su maleta a los 24 años, cuando obtuvo su título profesional y fue invitada por la Universidad de Pittsburgh para estudiar en EEUU. Después decidió mudarse a Brasil, donde su método continuó desarrollándose, creciendo y tomando fuerza.

Para Verónica Tandura, su método Neoclássico es reflejo de sus maestros y estudiantes: con Gabriella Pucci conoció la técnica clásica, con Sergio Berto la danza contemporánea; pero fue con Gustavo Zajac, su maestro de jazz, con quien, en palabras de Verónica, “consiguió volar”. Y el aterrizaje de estos aprendizajes se traduce en un método que combina la técnica clásica, la expresión contemporánea y las formas del jazz, con ejercicios de yoga, el método Pilates, el estudio detallado del cuerpo y el cuidado de las articulaciones y la musculatura.

De sus experiencias como estudiante, bailarina y docente, Verónica ha consolidado cuatro claves que considera esenciales en su trabajo: la primera, observar a los alumnos y sus necesidades, para encontrar cómo aprende cada uno de ellos y conseguir que superen a su maestro; la segunda, “no acostumbrarse a ser profesor” con un libreto, un plan, una música y una mecánica invariables, llamando a los docentes a formarse, experimentar y evolucionar; la tercera, “ser un libro abierto, no quedarse con nada por enseñar”; y  finalmente, “no concentrarse en el error… es cierto que hay que corregir, pero es necesario marcar todo lo bueno que hace el alumno. Si no lo haces vas a crear alumnos preocupados solo por corregirse constantemente, pero incentivarlos y decirles que lo hacen bien crea una forma distinta de pensar. Aplico esto con mi hija, porque para mí es una filosofía de la educación y la vida”.

Si Verónica Tandura tuviera un club de fans, el nombre del presidente sería Gonzalo Hernán Burgos. Es abogado porque, según él, “fue lo que me enseñaron a hacer durante diez años de mi vida” pero trabaja en el sector de la construcción y no ahorra adjetivos para referirse al trabajo de su esposa: “el trabajo de Verónica es magnífico, fenomenal, magnánimo… está lleno de narrativa, de color, de movimiento… lo digo porque cuando ella habla de sí misma tira un poco por lo bajo… ¿sabés? Pero ella tiene todo este conocimiento teórico, técnico, práctico; que le permite hacer piezas fenomenales. Hace poco fue invitada por la Secretaría de Cultura de Embu-Guaçu para ser la directora del Ballet de la ciudad”. Mira a Verónica y complementa con una pregunta: “ya se puede hacer público… ¿no?”.

Para Verónica, Gonzalo ha sido un importante apoyo en su vida profesional: “desde que lo conocí cambió el rumbo de mi carrera, me animó a estructurar el método, me ha dado confianza en él e iniciativa para consolidarlo. Su formación de abogado le permite ayudarme a pensarlo de otra manera, pues tiene una visión de público que es importante para mí.  Sé que hay un artista dentro de él, pero esa faceta la dejo solo para mí”, afirma entre risas de jocosidad y confesión.

Fondu – Cortesía Verónica Tandura

Otro pilar importante fue su mamá, Balbina: “siempre me apoyó. Cuando decidí dedicarme a esta profesión con 12 años, era ella la que pasaba horas en el auto para llevarme de un lugar al otro. Entendió mi pasión y siempre creyó en mí”.

Aunque Verónica trabaja desde sus 19 años en su método, este continúa en evolución. Uno de los secretos que revela para perfeccionar y poner a prueba las metodologías de enseñanza en danza es aplicarlas a grupos de niños y adultos principiantes, lo cual permite identificar falencias que no son evidentes al trabajar con bailarines profesionales. Este ejercicio le ha permitido afinar su orientación pedagógica y hacer que el Neoclássico sea un método flexible, que pueda emplearse con bailarines clásicos, contemporáneos o de jazz; ofreciendo a los docentes una herramienta sólida pero heterogénea, que se acopla a diferentes contextos.

¿Hay algo más que quiera agregar antes de terminar la entrevista? Verónica mira a Gonzalo, piensa un momento y no vacila en afirmar: “Sí. Que sin expresión para mí no hay danza, porque la danza es expresión a través del movimiento. Puede parecer una obviedad, pero es algo que muchas veces se pasa por alto en los procesos formativos”. En su propósito de socializar su método Neoclassico, Verónica Tandura ha creado un espacio digital, donde comparte videos y reflexiones sobre su vida y su trabajo. Pueden consultarlo haciendo clic en este enlace.

Cerca de São Paulo, en Brasil, el caudaloso río Embu-Guaçu serpentea en su camino hacia la represa de Guarapiranga. En su recorrido atraviesa un pequeño poblado de unos setenta mil habitantes que toma su nombre, el cual podría traducirse como “Boa grande”. Es allí donde vive Verónica Tandura, profesora, coreógrafa y bailarina; con su esposo Gonzalo y su hija de tres años, Victoria. Embu-Guaçu cuenta con una amplia riqueza ecológica y con la tranquilidad que tienen esos pueblos donde todo el mundo se conoce, dos cosas que lo han convertido en un refugio perfecto para Verónica: “llegué hace poco más de ocho años a Brasil, a São Paulo, que es una locura total. Es un buen lugar para trabajar, hacer dinero, contactos… pero es otro ritmo, te cruzas con muchas personas que en general nunca llegas a conocer. Aquí, en cambio, camino por la calle y voy saludando gente. Es la primera vez que conozco a todos, que hago muchos amigos… me permite relajarme, me baja los decibeles; la forma de actuar, hablar, vivir y moverse es diferente aquí”.

Parque principal de Embu-Guaçu – Google Street View

Cuando tenía la edad de Victoria, Verónica comenzó sus clases de danza y a los 9 años conocióa Gabriela Pucci, su gran profesora de ballet y a quien hoy reconoce como su “madrina en la danza”. En el Instituto Pucci inició su formación en ballet clásico, y a los 12 años tomó la decisión de dedicarse a la danza por el resto de su vida.

Esta decisión la impulsó a conocer nuevas escuelas, profesores y técnicas; continuando siempre con la danza clásica, exploró la danza contemporánea, el jazz y el tango. Después de ocho años de formación especializada en danza y tres más de profesorado, recibió su primer título profesional que le permitió comenzar a trabajar como docente de danza, a los 18 años: “Junté mis dos pasiones. Yo siempre quise ser profesora y en ese momento dije ‘ya sé de qué’”, recuerda.

A los 19 años su carrera como intérprete tomó protagonismo en su vida: obtuvo su primer trabajo como bailarina profesional en el Ballet del Mercosur, dirigido por el famoso bailarín Maximiliano Guerra y luego hizo parte de la Compañía de danza “Tangokinesis” dirigida por la coreógrafa Ana Maria Stekelman. La danza la llevó a recorrer el mundo: inició sus saltos por las diferentes provincias de Argentina y continuó con Uruguay, Colombia, México, Panamá, España, Francia, Italia, Grecia, Alemania, EEUU y otros. Bailó en el Palacio de Versailles como solista, participó de la película “Tetro” dirigida por el cineasta norteamericano Francis Ford Coppolla y dividió el escenario con Julio Bocca en su gran espectáculo de despedida en la Avenida 9 de julio: “Estos momentos fueron increíbles, tengo muchas imágenes en mi memoria” recuerda.

Al tiempo que danzaba, trabajó en diferentes academias como profesora e iniciaba su carrera profesional en Composición coreográfica, en la Universidad Nacional de Artes. Verónica recuerda las pirouettes que realizaba para sacarlo todo adelante: “había cursos presenciales que yo debía tomar, en ese entonces comencé a bailar en TangoKinesis, donde teníamos muchas giras; hablaba con los profesores para que me permitieran presentar mi trabajo como parte de las evaluaciones”.

Siempre tuvo claro que bailar era un pasaje para ser mejor profesora y esta mixtura de experiencias derivó en nuevos elementos para lo que ya comenzaba a tomar forma en su mente: un método para la enseñanza de la danza que conectara sus eclécticos intereses.

Su método Neoclásico inició como una necesidad de conectar la técnica clásica, que la apasiona, con nuevas formas expresivas: “Yo amaba el ballet, pero no conseguía expresarme. A los 12 años era una tabla con mucha técnica. Cuando comencé a explorar nuevas técnicas la expresión apareció y logré llevarla también al ballet, pero siento que perdí tiempo en el camino. Yo quería conseguir mayor expresividad dentro de las clases de técnica clásica y fue a partir de este conflicto que surgió mi método”.

Ella dice que decidió inventar la clase que siempre hubiese querido hacer, aquella que le permitiera explorar. Tener la clase de ballet como estructura, como base, pero ir más allá: que la expresión tomara iniciativa, conocer las inquietudes de otros, intercambiar intereses, tener mayor libertad creativa.

Su preocupación se centró entonces en estructurar y desestructurar: para Verónica las danzas clásica y contemporánea eran caminos opuestos y quiso encontrar un punto en común. Decidió tomar la estructura de la clase y el trabajo muscular de la técnica clásica, pero desestructurarlos a partir de la respiración, la relajación y la búsqueda de nuevas formas expresivas para llegar al movimiento: “busco hacer el camino de adentro hacia afuera, de la expresión y la respiración al movimiento. El movimiento no puede ser robótico, tiene que verse natural. Utilizo música moderna, que le diga algo al bailarín y le permita relacionarse con ella. Insisto para que el movimiento se vuelva parte de la música, como si nuestro cuerpo fuera un instrumento, un sonido más dentro de ella. Esta es una herramienta que utilizo bastante ya que ayuda a mi objetivo final, que es soltarse y expresarse».

Todas estas inquietudes, experiencias y estudios fueron lo primero que llevó en su maleta a los 24 años, cuando obtuvo su título profesional y fue invitada por la Universidad de Pittsburgh para estudiar en EEUU. Después decidió mudarse a Brasil, donde su método continuó desarrollándose, creciendo y tomando fuerza.

Para Verónica Tandura, su método Neoclássico es reflejo de sus maestros y estudiantes: con Gabriella Pucci conoció la técnica clásica, con Sergio Berto la danza contemporánea; pero fue con Gustavo Zajac, su maestro de jazz, con quien, en palabras de Verónica, “consiguió volar”. Y el aterrizaje de estos aprendizajes se traduce en un método que combina la técnica clásica, la expresión contemporánea y las formas del jazz, con ejercicios de yoga, el método Pilates, el estudio detallado del cuerpo y el cuidado de las articulaciones y la musculatura.

De sus experiencias como estudiante, bailarina y docente, Verónica ha consolidado cuatro claves que considera esenciales en su trabajo: la primera, observar a los alumnos y sus necesidades, para encontrar cómo aprende cada uno de ellos y conseguir que superen a su maestro; la segunda, “no acostumbrarse a ser profesor” con un libreto, un plan, una música y una mecánica invariables, llamando a los docentes a formarse, experimentar y evolucionar; la tercera, “ser un libro abierto, no quedarse con nada por enseñar”; y  finalmente, “no concentrarse en el error… es cierto que hay que corregir, pero es necesario marcar todo lo bueno que hace el alumno. Si no lo haces vas a crear alumnos preocupados solo por corregirse constantemente, pero incentivarlos y decirles que lo hacen bien crea una forma distinta de pensar. Aplico esto con mi hija, porque para mí es una filosofía de la educación y la vida”.

Si Verónica Tandura tuviera un club de fans, el nombre del presidente sería Gonzalo Hernán Burgos. Es abogado porque, según él, “fue lo que me enseñaron a hacer durante diez años de mi vida” pero trabaja en el sector de la construcción y no ahorra adjetivos para referirse al trabajo de su esposa: “el trabajo de Verónica es magnífico, fenomenal, magnánimo… está lleno de narrativa, de color, de movimiento… lo digo porque cuando ella habla de sí misma tira un poco por lo bajo… ¿sabés? Pero ella tiene todo este conocimiento teórico, técnico, práctico; que le permite hacer piezas fenomenales. Hace poco fue invitada por la Secretaría de Cultura de Embu-Guaçu para ser la directora del Ballet de la ciudad”. Mira a Verónica y complementa con una pregunta: “ya se puede hacer público… ¿no?”.

Para Verónica, Gonzalo ha sido un importante apoyo en su vida profesional: “desde que lo conocí cambió el rumbo de mi carrera, me animó a estructurar el método, me ha dado confianza en él e iniciativa para consolidarlo. Su formación de abogado le permite ayudarme a pensarlo de otra manera, pues tiene una visión de público que es importante para mí.  Sé que hay un artista dentro de él, pero esa faceta la dejo solo para mí”, afirma entre risas de jocosidad y confesión.

Fondu – Cortesía Verónica Tandura

Otro pilar importante fue su mamá, Balbina: “siempre me apoyó. Cuando decidí dedicarme a esta profesión con 12 años, era ella la que pasaba horas en el auto para llevarme de un lugar al otro. Entendió mi pasión y siempre creyó en mí”.

Aunque Verónica trabaja desde sus 19 años en su método, este continúa en evolución. Uno de los secretos que revela para perfeccionar y poner a prueba las metodologías de enseñanza en danza es aplicarlas a grupos de niños y adultos principiantes, lo cual permite identificar falencias que no son evidentes al trabajar con bailarines profesionales. Este ejercicio le ha permitido afinar su orientación pedagógica y hacer que el Neoclássico sea un método flexible, que pueda emplearse con bailarines clásicos, contemporáneos o de jazz; ofreciendo a los docentes una herramienta sólida pero heterogénea, que se acopla a diferentes contextos.

¿Hay algo más que quiera agregar antes de terminar la entrevista? Verónica mira a Gonzalo, piensa un momento y no vacila en afirmar: “Sí. Que sin expresión para mí no hay danza, porque la danza es expresión a través del movimiento. Puede parecer una obviedad, pero es algo que muchas veces se pasa por alto en los procesos formativos”. En su propósito de socializar su método Neoclassico, Verónica Tandura ha creado un espacio digital, donde comparte videos y reflexiones sobre su vida y su trabajo. Pueden consultarlo haciendo clic en este enlace.

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Revista Paso al Paso, 2020. ISSN: 2711-4783 (En línea)

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